«PREPÁRATE,
Israel, para salir al encuentro del Señor, pues él viene.
(Amós, 4,12)
El
Señor por su parte está a la puerta y llama, por ver si alguien le
abre para entrar a cenar con él (Apoc. 3,20), a gustar los manjares
de la mesa celestial.
Así
habla la esposa: Es la voz de mi Amado que llama: “Ábreme,
hermana mía, esposa (Cant. 5,2. 45), ábreme tu corazón y lo
alimentaré, ábreme tu boca y la llenaré” (Sal. 80,11). Abro
la boca, dice David, y atraigo al Espíritu (Sal.
118,131), porque a este Espíritu ante nuestro rostro, que es
Jesucristo el Señor (Tren. 4,20), no sólo hemos de
invitarlo, sino también atraerlo, por la violencia de la oración y
por la vehemencia del fervor, a la posada de nuestro corazón,
siguiendo el ejemplo de los dos discípulos cuya historia narra el
Evangelio (Cfr.Lc. 24,28-29).
Muchas
veces, aunque sólo sea para probar el fervor de tu caridad,
parecería querer alejarse, ...
Pero
¿por qué, preguntas, Jesús aparenta marchar lejos? Es aquello
mismo que el Eclesiastés confiesa de sí: Llegaré a ser sabio,
mas la sabiduría se alejó de mí (Ecles. 7,24). La esposa lo
explica más claramente al expresar nuestro lamento cotidiano:
Me
levanté para abrir a mi Amado, pero él ya se había retirado y
seguido adelante. Lo busqué y no lo encontré; lo llamé y no me
respondió (Cant, 5,5-6).
Como
tampoco respondió a la cananea. Tú también invocabas al Espíritu
de Sabiduría, buscabas en la oración el espíritu de la gracia; si
te parece que se aleja, no por eso desmayes, al contrario, importuna
con más insistencia hasta que él te responda: Grande
es tu fe, que te suceda como has pedido (Mat. 15-28) …
Ahora
bien, cuando invitas a Jesús guárdate de ofrecer al Dios de
majestad un hospedaje sórdido e indigno, donde ni tú mismo
puedes habitar con tranquilidad a causa de una esposa amiga de
querellas, o del humo o de las goteras (Prov. 10,13; 27,15). Su
morada la fija solamente en la paz (Sal 75,3), y las bases de su
trono son justicia y juicio (Sal 88,15). He aquí, dice, que
cada día me requieren y desean escudriñar mis consejos, como gente
que hubiese practicado la justicia y no hubiera abandonado el juicio
de Dios (Is. 58,2). La justicia y el juicio , dice, son las bases
de su trono...
Confiesa
íntegramente lo pasado; en lo sucesivo, ten buena voluntad, pues la
paz es patrimonio de los hombres de buena voluntad (Lc.
2,4), y con este juicio y esta justicia habrás preparado un trono
para el Altísimo.
¿Quieres
ver con más claridad que la confesión es necesaria para preparar la
venida del Señor? El justo, dice la Escritura, es el
primero en acusarse a sí mismo, ¿Y qué dice a continuación?
Su amigo viene (Prov. 18,17), él, que antes de la confesión
se mantenía alejado como un enemigo. Porque apenas el pecador ha
dicho:
Confesaré contra mí mismo mi injusticia al Señor (Sal.
31,5), éste lo perdona …
Preparado
está, Dios mío, mi corazón, porque está vacío de todo mal,
preparado está mi corazón porque rebosa de santos deseos, entonces
haz diligentemente lo que sigue: Cantaré y entonaré himnos
(Sal.26.6).
Y sea
cual fuere la melodía que cantes o salmodies, la intención de tu
alma debe ser ésta: Levántate, gloria mía (Sal. 107,3.),
levántate, ven a mi encuentro, porque en cuanto me fue posible, yo
salí a tu encuentro.
Jesús
bueno, ¡cuán ligero y presto, cuán alegre y festivo sales al
encuentro de tal devoción! ¡Cuán radiante de gozo te muestras en
estos caminos! (Sab. 6,17).»
(Homilía
para el Tercer Domingo de Adviento del beato Guerrico de Igny.)

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