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La Llegada de Cristo (III)


«PREPÁRATE, Israel, para salir al encuentro del Señor, pues él viene. (Amós, 4,12)
El Señor por su parte está a la puerta y llama, por ver si alguien le abre para entrar a cenar con él (Apoc. 3,20), a gustar los manjares de la mesa celestial.
Así habla la esposa: Es la voz de mi Amado que llama:Ábreme, hermana mía, esposa (Cant. 5,2. 45), ábreme tu corazón y lo alimentaré, ábreme tu boca y la llenaré” (Sal. 80,11). Abro la boca, dice David, y atraigo al Espíritu (Sal. 118,131), porque a este Espíritu ante nuestro rostro, que es Jesucristo el Señor (Tren. 4,20), no sólo hemos de invitarlo, sino también atraerlo, por la violencia de la oración y por la vehemencia del fervor, a la posada de nuestro corazón, siguiendo el ejemplo de los dos discípulos cuya historia narra el Evangelio (Cfr.Lc. 24,28-29).
Muchas veces, aunque sólo sea para probar el fervor de tu caridad, parecería querer alejarse, ...
Pero ¿por qué, preguntas, Jesús aparenta marchar lejos? Es aquello mismo que el Eclesiastés confiesa de sí: Llegaré a ser sabio, mas la sabiduría se alejó de mí (Ecles. 7,24). La esposa lo explica más claramente al expresar nuestro lamento cotidiano: 
Me levanté para abrir a mi Amado, pero él ya se había retirado y seguido adelante. Lo busqué y no lo encontré; lo llamé y no me respondió (Cant, 5,5-6).
Como tampoco respondió a la cananea. Tú también invocabas al Espíritu de Sabiduría, buscabas en la oración el espíritu de la gracia; si te parece que se aleja, no por eso desmayes, al contrario, importuna con más insistencia hasta que él te responda: Grande es tu fe, que te suceda como has pedido (Mat. 15-28) …
Ahora bien, cuando invitas a Jesús guárdate de ofrecer al Dios de majestad un hospedaje sórdido e indigno, donde ni tú mismo puedes habitar con tranquilidad a causa de una esposa amiga de querellas, o del humo o de las goteras (Prov. 10,13; 27,15). Su morada la fija solamente en la paz (Sal 75,3), y las bases de su trono son justicia y juicio (Sal 88,15). He aquí, dice, que cada día me requieren y desean escudriñar mis consejos, como gente que hubiese practicado la justicia y no hubiera abandonado el juicio de Dios (Is. 58,2). La justicia y el juicio , dice, son las bases de su trono...
Confiesa íntegramente lo pasado; en lo sucesivo, ten buena voluntad, pues la paz es patrimonio de los hombres de buena voluntad (Lc. 2,4), y con este juicio y esta justicia habrás preparado un trono para el Altísimo.
¿Quieres ver con más claridad que la confesión es necesaria para preparar la venida del Señor? El justo, dice la Escritura, es el primero en acusarse a sí mismo, ¿Y qué dice a continuación? Su amigo viene (Prov. 18,17), él, que antes de la confesión se mantenía alejado como un enemigo. Porque apenas el pecador ha dicho: 
Confesaré contra mí mismo mi injusticia al Señor (Sal. 31,5), éste lo perdona …
Preparado está, Dios mío, mi corazón, porque está vacío de todo mal, preparado está mi corazón porque rebosa de santos deseos, entonces haz diligentemente lo que sigue: Cantaré y entonaré himnos (Sal.26.6).
Y sea cual fuere la melodía que cantes o salmodies, la intención de tu alma debe ser ésta: Levántate, gloria mía (Sal. 107,3.), levántate, ven a mi encuentro, porque en cuanto me fue posible, yo salí a tu encuentro.
Jesús bueno, ¡cuán ligero y presto, cuán alegre y festivo sales al encuentro de tal devoción! ¡Cuán radiante de gozo te muestras en estos caminos! (Sab. 6,17).» 
(Homilía para el Tercer Domingo de Adviento del beato Guerrico de Igny.)


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