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La Llegada de Cristo (II)


Entre las dos venidas corporales de Jesucristo en los extremos del tiempo, se da su llegada a nuestra alma, y como lo expone en la Homilía para el Segundo Domingo de Adviento, el beato Guerrico de Igny, monje cirterciense, es una llegada oculta y admirable:
«Además por su lugar en el tiempo y por analogía de semejanza, esta venida espiritual se sitúa entre las dos venidas corporales, y a modo de intermediario participa de ambas.
En efecto, la primera es humilde y oculta, la última será manifiesta y admirable; ésta es oculta, pero admirable.»
Esta llegada de Jesucristo al alma, es una analogía de las dos venidas, porque estas fueron corporales, en cambio esta tercera venida actual es espiritual.
«Con razón se dice oculta, no porque la ignore aquel a quien visita, sino más bien porque acontece secretamente. Por lo cual aquella alma gloriosa, gloriándose, se dice a sí misma: 
Mi secreto es para mí, mi secreto es para mí.” (Is. 24,16.)
Pero aquel a quien el Señor visita, no puede verlo antes de poseerlo, cumpliéndose lo que el santo Job declaraba de sí mismo: 
Si viene a mí, yo no lo veo; si se retira, no lo conozco.” (Job. 9,11.)
No se lo ve venir, ni se conoce cuándo se retira; sólo mientras está presente es luz del alma y de la inteligencia, mediante la cual se conoce lo invisible y se comprende lo ininteligible
Jesucristo es la Luz que iluminó la ciencia de los Magos, y sus rayos ingresaron en sus almas. Esta es la ciencia de esta llegada de Jesucristo para esta Navidad. Luz ininteligible e invisible que el mundo no ve ni conoce. Los gritos y todo el batifondo navideño se hace esencial para tapar el vacío espiritual de una sociedad que no encuentra el rumbo.
Por el contrario quien deja los ruidos y estallidos mundanos hallará lo que busca:
«Por lo demás, cuán admirable sea esta venida del Señor aunque oculta, cuán suave y agradable sorpresa causará y cómo arrebatará al alma que lo contempla, cómo todos los huesos del hombre interior exclamarán: 
Señor, ¿quién es semejante a ti?” (Sal. 34,10)»
Guerrico de Igny no hace sino pincelar a grandes rasgos una ligera contemplación mística, sorpresiva, oculta, agradable, como una caricia del alma.
«Esto lo saben quienes lo han experimentado y ojalá lo deseen experimentar también quienes lo han hecho, con tal de que no sea una curiosidad temeraria lo que los induzca a escrutar la majestad, a riesgo de ser ofuscados con su gloria (Cfr.Prov. 25,27), sino más bien que un amor lleno de respeto los haga suspirar por el Amado para ser acogidos por la Gracia.
Pues el Señor acoge a los humildes y abate hasta el suelo a los pecadores”; (Sal. 146,6.) “resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes”. (Sant. 4,6; cf. Prov. 3,34.) »
Solo quien lo crea puede experimentar esta caricia del alma, solo el humilde puede experimentarlo. No se trata de indagar el fenómeno místico, sino de abrirse para recibirlo. No se trata de una actitud activa, sino pasiva. No se trata de un hacer, sino de un recibir. No se trata de buscar, sino de entregar.
Y concluimos con nuestra novena del último día para el mes de diciembre:
En este día, deben prepararse los corazones, en la oración, en la confesión y en la Santa Comunión, para recibir debidamente, al Hijo de Dios. Es esta, la hora de demostrar el hombre, el amor a Cristo y de entregarse, por amor a Cristo. Amén, amén.

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