Entre
las dos venidas corporales de Jesucristo en los extremos del tiempo,
se da su llegada a nuestra alma, y como lo expone en la Homilía para
el Segundo Domingo de Adviento, el beato Guerrico de Igny, monje
cirterciense, es una llegada oculta y admirable:
«Además
por su lugar en el tiempo y por analogía de semejanza, esta venida
espiritual se sitúa entre las dos venidas corporales, y a modo de
intermediario participa de ambas.
En
efecto, la primera es humilde y oculta, la última será manifiesta y
admirable; ésta es oculta, pero admirable.»
Esta
llegada de Jesucristo al alma, es una analogía de las dos venidas,
porque estas fueron corporales, en cambio esta tercera venida actual
es espiritual.
«Con
razón se dice oculta, no porque la ignore aquel a quien visita, sino
más bien porque acontece secretamente. Por lo cual aquella alma
gloriosa, gloriándose, se dice a sí misma:
“Mi
secreto es para mí, mi secreto es para mí.” (Is. 24,16.)
Pero
aquel a quien el Señor visita, no puede verlo antes de poseerlo,
cumpliéndose lo que el santo Job declaraba de sí mismo:
“Si
viene a mí, yo no lo veo; si se retira, no lo conozco.” (Job.
9,11.)
No
se lo ve venir, ni se conoce cuándo se retira; sólo mientras está
presente es luz del alma y de la inteligencia, mediante la cual se
conoce lo invisible y se comprende lo ininteligible.»
Jesucristo
es la Luz que iluminó la ciencia de los Magos, y sus rayos
ingresaron en sus almas. Esta es la ciencia de esta llegada de
Jesucristo para esta Navidad. Luz ininteligible e invisible que el
mundo no ve ni conoce. Los gritos y todo el batifondo navideño se
hace esencial para tapar el vacío espiritual de una sociedad que no
encuentra el rumbo.
Por el
contrario quien deja los ruidos y estallidos mundanos hallará lo que
busca:
«Por
lo demás, cuán admirable sea esta venida del Señor aunque oculta,
cuán suave y agradable sorpresa causará y cómo arrebatará al alma
que lo contempla, cómo todos los huesos del hombre interior
exclamarán:
“Señor,
¿quién es semejante a ti?” (Sal. 34,10)»
Guerrico
de Igny no hace sino pincelar a grandes rasgos una ligera
contemplación mística, sorpresiva, oculta, agradable, como una
caricia del alma.
«Esto
lo saben quienes lo han experimentado y ojalá lo deseen experimentar
también quienes lo han hecho, con tal de que no sea una curiosidad
temeraria lo que los induzca a escrutar la majestad, a riesgo de ser
ofuscados con su gloria (Cfr.Prov. 25,27), sino más bien que un amor
lleno de respeto los haga suspirar por el Amado para ser acogidos por
la Gracia.
Pues
“el Señor acoge a los humildes y abate hasta el suelo a los
pecadores”; (Sal. 146,6.) “resiste a los soberbios y da su
gracia a los humildes”. (Sant. 4,6; cf. Prov. 3,34.) »
Solo
quien lo crea puede experimentar esta caricia del alma, solo el
humilde puede experimentarlo. No se trata de indagar el fenómeno
místico, sino de abrirse para recibirlo. No se trata de una actitud
activa, sino pasiva. No se trata de un hacer, sino de un recibir. No
se trata de buscar, sino de entregar.
Y
concluimos con nuestra novena del último día para el mes de
diciembre:
En
este día, deben prepararse los corazones, en la oración, en la
confesión y en la Santa Comunión, para recibir debidamente, al Hijo
de Dios. Es esta, la hora de demostrar el hombre, el amor a Cristo y
de entregarse, por amor a Cristo. Amén, amén.

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