Adviento
es un término de origen latino, adventus, que significa la llegada.
¿Pero de qué llegada hablamos?
Muchos
celebran la Navidad, pero no tienen ni la menor idea de lo que están
haciendo. Esta Navidad, indica las llegadas de Jesucristo.
En la
primer llegada el Logos o el Verbo de Dios Padre, se hizo hombre, sin
dejar de ser Dios, para formar su propio icono en el alma de la
Humanidad que lo acepte.
Este
es el primer adviento, pero no el único.
En la
liturgia latina que se origina con Pedro y Pablo y definitivamente
fijada con el Concilio de Trento, en el primer domingo de Adviento se
lee el evangelio de Lucas, quien narra la Segunda Venida de
Jesucristo. Este es otro adviento, otra llegada; pero existe una más
y es la que se produce en el alma de quienes creen.
El
Beato Guerrico de Igny (1070-1157) explaya este tema en sus homilías:
La
venida de Cristo a lo íntimo del hombre
«De
aquí que el Señor antes de su advenimiento venga a nosotros, y que
antes de este advenimiento para el mundo entero haya venido a tratar
íntima y familiarmente con vosotros. No os dejaré huérfanos, dijo, me voy y volveré a vosotros. (Jn. 14,18)
En
realidad esta venida del Señor que media entre la primera y la
última será para nosotros de mayor o menor eficacia, según el
mérito y la diligencia de cada uno: nos dispone para la primera
venida y nos prepara para la última.
Con
este fin ahora viene a nosotros para que su primera venida no nos
resulte estéril ni en la última se vea precisado a mostrarse airado
contra nosotros.
En
esta venida procura reformar nuestro espíritu lleno de orgullo
conformándolo a los sentimientos de humildad de que nos dio ejemplo
en la primera venida, para así transformar “el cuerpo de nuestra
humilde condición y hacerlo conforme al suyo glorioso” (Fil.
3,21.) que manifestará después cuando vuelva por segunda vez.
Hemos
de desear intensamente y anhelar con amor esta venida familiar e
íntima, que nos comunica la gracia de la primera venida y nos
promete la gloria de la última. Porque “Dios ama la misericordia y
la verdad, el Señor dará la gracia y la gloria” (Sal. 83,12); por
su misericordia da la gracia más allá de todo mérito, por su
verdad otorga la gloria [debida a esa gracia].» (Para el Segundo
Domingo de Adviento)
Comentario
En su
primera venida Cristo trajo la Gracia, para que ella forme el icono
de Jesucristo en cada uno, como lo expresa San Cirilo de Alejandría:
...
“hasta que se forme Cristo en vosotros.”
La
Gracia solo puede actuar si el hombre se acerca a los sacramentos,
confesión para purificar el alma y eucaristía para divinizarla.
Esta es la única forma de formar a Cristo en el alma. Aquí de nada
sirve ponerse a gritar.
De
este modo, la primera venida de Jesucristo se ha hecho una venida
íntima y familiar a nuestra alma, para que nos encuentre preparados
para la Gloria que se manifestará en su Segunda Venida.
«Oíd
la clara voz que, resonando,
Refuta
con su luz la sombra inmensa,
Y ved,
mientras los sueños se disipan,
Despuntar
a Jesús sobre la tierra.» (Himno de Laudes)

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