«Solo sé que no sé nada» (ἓν οἶδα ὅτι οὐδἑν οἶδα)1 es la primera verdad que se obtiene de la omnipotencia de la razón. Esta fue la sabia respuesta de Sócrates, cuando la pitonisa de Delfos afirmó que nadie era más sabio que este filósofo.
Tanto la pitonisa, como Sócrates decían la verdad. La razón es incapaz de reconocer toda la verdad, pues la humanidad vive en tinieblas por el pecado de nuestros primeros padres, y la tiniebla no permite distinguir las cosas. Por otro lado, reconocer que la razón no es una diosa, como lo afirmaron los iluministas, y marcar los límites del poco conocimiento que por sus solas fuerzas puede alcanzar, es propio de sabios.
Una cosa es el rayo de la ciencia, otra cosa es el rayo de la sabiduría. Una cosa es el hombre con conocimiento, otra cosa es el sabio. Conocer es descifrar el mundo con las ideas, saber es conducirse con rectitud en la vida. ¡Cuántos científicos erraron en su vida! ¡Cuántos sabios vivieron en la ignorancia! Es que sin una iluminación superior, la sabiduría es imposible.
Sócrates no era el Cid del dramaturgo Pierre Corneille (1606-1684), un personaje que solo actúa siguiendo sus dictados de la razón.
De la misma opinión es San Buenaventura, cuando ve que se apela al solo conocimiento basado en la simple razón:
Todo conocimiento puramente racional más es estulticia que verdadera ciencia. 2
Esta no es una opinión personal del santo doctor, sino una deducción de la cita de San Pablo:
¿Dónde está el sabio (σοφος)? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el investigador (συζητητης) de este siglo? ¿No ha hecho Dios necedad la sabiduría (την σοφιαν) del mundo? Pues, ya que, en la sabiduría (σοφια) de Dios no ha conocido el mundo a Dios por la sabiduría; quiso Dios salvar a los creyentes, por la locura (της μωριας) de la predicación (κηρυγματος). (I Cor., 1, 20 y 21)
De aquí la conclusión es sencilla:
Por lo que dice el apóstol que Dios ha enloquecido la sabiduría de este mundo: porque todo conocimiento puramente racional de Dios más es estulticia o locura que verdadera ciencia.
Es que todo filósofo necesariamente ha de incurrir en algún error como no sea ayudado por el rayo de la fe. 3
La luz como substancia
En el relato del Génesis, el Logos o Palabra divina crea la luz en el primer día, (Cfr. 1,3). A partir de este instante de la creación, se nos presentan dos clases de luces: la luz increada que es Dios mismo y una luz-sombra, puesto que ha sido creada. Por lo tanto advertirá San Buenaventura que la luz no es un accidente como lo comenta Aristóteles, sino una forma substancial. Por esta luz se hacen presentes los distintos cuerpos; y por esta luz corporal se hacen visibles los cuerpos de la creación. Sin embargo, esta no es la única luz existente, también se da la luz espiritual.
Si afirmamos que existe una sombra, es porque existe una luz que la produce. Toda sombra me debe llevar a la luz. Este es el principio fundamental, por el cual dirá San Buenaventura que los rayos o las luces de la ciencia, deben ser sombras que conducen a la luz increada. En otras palabras, la filosofía y las ciencias como sombras, me deben conducir a la teología. Y viceversa, la teología es la ciencia suprema que ordena e ilumina tanto la filosofía como el resto de las ciencias.
Por tal motivo, la filosofía se ubica entre la fe sencilla del creyente y la teología, como dice la Carta de Santiago:
Toda dádiva preciosa y todo don perfecto de arriba viene, como que desciende del Padre de las luces. (Sant. 1,1)
De este modo, dos son los caminos de la Luz en el conocimiento, uno que desciende del Padre de las luces e ilumina al creyente, y otro que consiste en seguir las sombras para descubrir la luz increada del Padre, que como fuente, la produce.
En este camino de descenso, San Buenaventura destaca un rayo que es la misma inspiración divina:
La cuarta luz, que ilumina acerca de la verdad sobrenatural, es la luz de la Sagrada Escritura, que se llama superior porque conduce a las cosas superiores mostrando lo que está sobre la razón y, además, porque desciende del Padre de las luces no por humana investigación, sino por divina inspiración. 4
Para este doctor sagrado, hablar de Sagrada Escritura es como hablar de Teología, y siguiendo su razonamiento, dirá que esta cuarta luz se subdivide en otras tres luces o rayos, según el sentido de la interpretación que se les dé:
Todos los libros de la Sagrada Escritura, además del sentido literal que las palabras externamente expresan, encierran tres sentidos espirituales, a saber: el alegórico, que nos enseña lo que hemos de creer acerca de la Divinidad y de la Humanidad de Cristo; el moral, que enseña a bien vivir, y el anagógico, que nos muestra el camino de nuestra unión con Dios; … 5
Todas estas luces o rayos se dirigen a distintos fines:
La primera mira a la fe, la segunda a las costumbres, la tercera al fin de entrambas. Sobre la primera ha de ejercitarse con ahínco el estudio de los Doctores; sobre la segunda, el de los predicadores; sobre la tercera, el de las almas contemplativas.6
Todos estas luces son transitorias, ...las cuales tendrán ocaso, ya que toda ciencia se desvanecerá y las ha de seguir el reposo del día séptimo, que no tendrá ocaso, o sea la iluminación de la gloria. 7
Hoy se mal vive en la modernidad, la cual fue moldeada por organizaciones panteístas, tal como es la masonería. Por lo tanto, la tendencia a no distinguir las distintas realidades se hace ley. Hoy no se distingue entre hombre y mujer, así como en la liturgia del Novus Ordo, de matriz luterana, se tiende a igualar el hombre con la mujer, al monaguillo con el ministro, o al ministro con el celebrante. Todo tiende a lo indistinto; porque lo indistinto es la ley.
Y en otro orden de cosas, esto hace que se proclame doctora a una mística; si bien el doctor se basa en la especulación de la Sagrada Escritura y el místico no especula, sino que expone determinadas experiencias vividas en su unión con Cristo.
De esta categoría de personas místicas dice E. Gilson al exponer la filosofía de San Buenaventura:
Los hombres de este tipo son hasta el presente seres excepcionales, porque el éxtasis sólo es posible cuando el alma se separa por un tiempo del cuerpo, dejándolo literalmente inanimado, y no logra desgajarse de él sino después de haberlo dominado y extenuado hasta el punto de que los lazos que a él la atan no la sujeten ya. 8
Una cosa es la iluminación de la especulación y otra el rayo místico. No se entiende como se llama a Santa Teresa de Ávila, con el título de doctora, siendo que no fue especulativa sino mística, como Santa Gertrudis la Magna. Cuando se confunden los rayos de la iluminación estamos dando señales de panteísmo, ese mismo panteísmo que en su tiempo quisieron evitar San Alberto junto a Santo Tomás, volcándose al pagano Aristóteles.
Hoy nos hallamos ante personajes que viven en un panteísmo de facto, obsesionados por lo que se figuran es la santidad, y luego participan en actos de idolatría, dando a entender, que ya no distinguen los actos más elementales de la fe, y carecen de todo tipo de iluminaciones; y para colmo, pretenden dar enseñanzas.
Y continúa E. Gilson haciendo casi un retrato del momento actual:
Y cuando el ángel alado le imprimió (a San Francisco de Asís) los estigmas de la Pasión, quiso sin duda manifestarle con ello que este Orden (de los místicos) sólo llegaría a desarrollarse en medio de sufrimientos y tribulaciones, esto es al fin de los tiempos, y en los momentos en que Cristo sufra en su cuerpo místico que es la Iglesia. Hay en esto un gran misterio, pero fácilmente se comprende que la Iglesia tenga necesidad de una asistencia muy grande en las sacudidas que la conmoverán antes de su triunfo definitivo, asistencia que Dios le mandará multiplicando a esta clase de hombres que apenas se sostienen en sus cuerpos, y que a cada instante parecen comenzar su vuelo a la Jerusalén celestial. 9
Hoy desde la visión de la idolatría que nos brindan muchos altos prelados, oímos las versiones más inverosímiles sobre estos temas. Desde el necio que se jacta por cerrar una manifestación mariana, hasta el intelectualoide que se cree superior al místico. En algo no se equivocan, los rayos de las iluminaciones no son paralelos sino subordinados y por ende estructurados, sin oposición mutua. La especulación no puede borrar la mística y el mal llamado aparicionismo no puede borrar la especulación. Cuando sucede lo contrario, es que ingresamos en el más oscuro de los túneles.
Por esto cerramos con esta reflexión de Gilson al comentar a San Buenaventura:
Ningún título doctoral podía pues definir con perfección a San Buenaventura mejor que el de Doctor Seráfico, que comprende a la vez la necesidad de la ciencia, y su subordinación a los arrebatamientos místicos, pero sin dejar de indicar con pleno rigor de exactitud cuánto debe su doctrina a las enseñanzas de San Francisco y cuánto se ha enriquecido con ellas. 10
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1 Platón, Apología de Sócrates, 21a.
2 (III Sent., 24, 2, 3, ad quartum, t. III, p. 524.)
3 II Sent., 18, 2, 1, ad 6tum, t. II, p. 447.
4 Reducción de las Ciencias a la Teología. § 5.
5 Ibídem.
6 Ibídem.
7 Ibídem, § 6.
8 E. Etienne. La Filosofía de San Buenaventura. Pág. 91.
9 Ibídem.
10 Ibídem, Pág. 92.



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