En esta fecha, 12 de Octubre de 2019, hace dieciocho años, una imagen de Nuestra Señora de Luján inició su largo llanto, cuando una lágrima de sangre comenzó a caer de sus ojos...
En la madrugada del domingo 29 de abril de 2012, la imagen de la Madre de la Humanidad de uno de los carteles de la Casita de Quilmes, emitió un llanto de sangre, bañando el mapa de Argentina.
Como siempre los esperamos en la Casita de la Virgen de la Humanidad a partir de las 9 horas. A las 15 se hará el Santo Rosario general.
Y como decíamos el año anterior:
En la madrugada del domingo 29 de abril de 2012, la imagen de la Madre de la Humanidad de uno de los carteles de la Casita de Quilmes, emitió un llanto de sangre, bañando el mapa de Argentina.
Como siempre los esperamos en la Casita de la Virgen de la Humanidad a partir de las 9 horas. A las 15 se hará el Santo Rosario general.
El 11 de octubre del año 431, el Concilio de Efeso proclamaba la Maternidad divina de María, siendo esta, la primera fiesta solemne mariana. Era la respuesta a Nestorio, patriarca de Constantinopla, quien la había desafiado diciendo:
– ¿Entonces Dios tiene una madre?
Sí, le respondió el Concilio de Efeso, Dios tiene una Madre y por ello canta la Antíforna tradicional en su fiesta del 11 de octubre:
«Genuisti qui te fecit, et in æternum permanes virgo.»[1]
Hoy, 12 de octubre, algunos patriarcas de la Ciudad tenebrosa, podrán decir:
– ¿Entonces la Humanidad tiene una madre?
Sí, la tradición de la Iglesia siempre creyó que en el corazón de María, se gestaba místicamente la nueva Humanidad.
Hoy, mientras el sol se oscureció y la luna se transformó en sangre; Ella, con la Luna bajo sus pies, se ha vestido del sol.[2] Y es este sol naciente que comienza a relucir dentro del ocaso de occidente, que vive sujeto a una modernidad caduca, la cual vacía las ansias y amarga el corazón de los hombres. Ella como el gran prodigio que apareció en el cielo, posee una corona de doce estrellas sobre su cabeza, está embarazada de la Humanidad, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. [3]
En esta fecha, hace dieciocho años, una imagen de Nuestra Señora de Luján inició su largo llanto, cuando una lágrima de sangre caía de sus ojos. Es el tormento de dar a luz, la nueva Humanidad. Pero es también el 12 de octubre, donde se recuerda el patrocinio de la Virgen de Luján, la misma imagen que llora con lágrimas de sangre, pues como afirma el salmista:
«Ríos de lágrimas han caído de sus ojos, por todos los que no hacen la voluntad del Padre» [4].
Es el dolor que se hace imagen ante el parto de una nueva Humanidad, la cual se resiste a nacer; es el dolor que no existió en el parto apasible de su Hijo Jesucristo; es el dolor que sufre por cada ser humano que debe nacer, pero se lo mata; es el dolor de cada sufrimiento generado por la injusticia; es el dolor por cada placer que acentúa la muerte de cada persona; es el dolor del desprecio; es el dolor del hombre erigido en su propio dios. La Virgen de Luján, es la Virgen de los caminos, como una señal que nos espera en el Camino al Padre; en cuyo Camino no se detiene para esperar a los peregrinos, sino que lo recorre en su busca. La Virgen de Luján, es la Virgen viajera.
Del mismo modo, la Madre de la Humanidad, es viajera y nos espera en el Camino, dentro de nuestros pobres caminos. De este modo, La Virgen de los caminos, ha recorrido las dimensiones de la Argentina y llegado en estos diecisiete años, hasta el Paraguay. Aquí todos somos viajeros, mientras transitamos en este mundo, dentro de nuestra propia tienda [5]. Sin congresos, ni sabiduría humana, ha congregado multitudes en cada lugar que se avecinaba. No existe en su estancia novedades ni complicados mecanismos de acción. Tampoco existen paradigmas nuevos, sino la simple tradición de la oración del Santo Rosario y la secuela de ríos de Gracias subsiguientes.
Dios no complica las cosas, como hacen los hombres y siempre lo vemos trabajar en las cosas simples y sencillas, pues estas son las más efectivas, puesto que Dios es el ser simplísimo.
Es la simplicidad del corazón abierto a lo sobrenatural, cuando está seguro que lo toca con su mano; es la sed del agua de la eternidad que ningún antropologismo puede apagar, pues sus manantiales están secos; es la búsqueda del sentido religioso arrojado entre los trastos viejos de un modernismo en decadencia; es la Fe hecha pueblo, rompiendo la privacidad y la individualidad de un ser solitario, mudo y aislado; es la contestación de una Fe hacia las formas religiosas domesticadas por un nuevo modernismo insulso.
Llegando a su imagen, nadie se sintió solo, pues en su Corazón Inmaculado caben todos los que se re-generan en la nueva Humanidad; es concurrir al lugar de su encuentro para regresar con los bolsillos llenos de gracias. Esto lo supimos nosotros, lo supo la multitud que se aproximó y lo saben todos aquellos cuyo corazón es simple y abierto.
«Bienaventurada Virgen María, porque tú sola has destruido todas la herejías».
Así canta la antífona tradicional en su fiesta, pues con tu presencia, Santa Madre, ya no existen más caminos, sino solamente el Camino.
El 11 de octubre será la Maternidad de María Santísima y el 12 de octubre, es su también su Maternidad, la de la nueva Humanidad.
Si para los profanos, esta fecha es la llegada del Almirante Colón a las playas del nuevo mundo; para nosotros es la llegada de nuestra nave, a las playas de la nueva Humanidad.
Afirma la tradición, que la primera manifestación mariana, ha sido la Virgen del Pilar, cuya fiesta se realiza en este mismo día; en cambio nosotros hemos presenciado su último grito, también en esta misma fecha, cerrando un ciclo de manifestaciones al hombre.
Bienaventurada María; como el Dragón, tus furiosos enemigos te acechan con sus ríos de muerte, pero es el Padre quien te retiene en el desierto hasta el nuevo nacimiento místico, de aquel que con vara de hierro, romperá el jarro de barro construido por las naciones y regirá el orbe con justicia.[6]
1 Engendraste al que te creó y permaneces Virgen eternamente.
2 Cfr. Ap.12, 1.
3 Cfr. Ap. 12, 1,2.
4 Cfr. Salmo 118,136.
6 Cfr. Ap. 12, 3-5.


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