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Las gallinas murmuradoras


Narra San Juan Bosco, en uno de sus sueños 1:
Me pareció encontrarme lejos de aquí, cerca de Castelnuovo de Asti, mi pueblo. Tenía ante mí una gran extensión de terreno, situada en una amplia y bella llanura; pero aquellas tierras no eran nuestras, ni yo sabía de quien fuesen.
En aquel campo vi a muchos trabajando con azadas, con palos, con rastrillos y con otras herramientas diversas. Quienes araban, quienes sembraban, quienes allanaban la tierra, quienes se entretenían en otros diversos menesteres. Veía acá y acullá los capataces dirigiendo los trabajos y entre estos últimos me pareció encontrarme también yo. Diversos coros de labradores estaban en otra parte cantando. Yo lo observaba todo maravillado y no sabía identificar aquel lugar, para mí desconocido, mientras me decía a mí mismo:
Pero ¿por qué trabajan estos tanto?
Y me contestaba:
Para proporcionar el pan a mis jóvenes.
Y era verdaderamente admirable el ver cómo aquellos buenos agricultores no interrumpían ni por un instante su labor, aplicados constantemente a sus tareas con un ardor creciente y con una diligencia similar. Sólo algunos reían y bromeaban entre sí.
Mientras yo contemplaba tan hermoso espectáculo, dirijo la vista a mi alrededor y compruebo que me rodeaban algunos sacerdotes y muchos de mis clérigos, unos muy próximos a mí y otros un poco más distantes.
...
Entretanto vi allí cerca, aunque aparte, un anciano que por su aspecto parecía muy benévolo y sensato, entretenido en observarme a mí y a los demás. Me acerqué a él y le pregunté:
Dígame, buen hombre, ¿qué es lo que estoy viendo?, porque no entiendo nada de esto. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes son esos trabajadores? ¿De quién es este campo?
¡Oh!, —me respondió el desconocido; — ¡vaya unas preguntas que me ha hecho! ¿Usted es sacerdote y desconoce estas cosas?
Pero, vamos, dígame —le repliqué,— ¿a usted le parece que estoy soñando o despierto? Porque a mí me parece que estoy soñando y no creo posibles las cosas que estoy viendo.
Posibilísimas, mejor dicho, reales, y a mí me parece que usted está completamente despierto. ¿No se da cuenta? Habla, ríe, bromea.
Sí, pero hay algunos a los cuales les parece en el sueño hablar, oír, trabajar, como si estuviesen despiertos.
No, no, deseche esa idea; usted está aquí en cuerpo y alma.
Bien, sea como dice; y, puesto que estoy despierto, dígame de quién es este campo.
Usted ha estudiado latín —continuó el anciano—, ¿cuál es el primer nombre de la segunda declinación que ha estudiado en el Donato 2? ¿Se recuerda aún?
Sí que lo recuerdo, pero ¿qué tiene que ver esto con lo que le he preguntado?
¡Muchísimo!, —me replicó el desconocido—. Diga pues el primer nombre que se estudia en la segunda declinación.
Es Dominus.
¿Y cómo hace el genitivo?
Domini.
Bien, muy bien, Domini; este campo, pues, es Domini, del Señor.
Ya comienzo a entender algo — exclamé. Estaba maravillado de la manera de proceder de aquel anciano. Entretanto vi a varias personas que llegaban con sacos de trigo para sembrarlo y a un grupo de campesinos que cantaban: Exiit, qui seminat, seminare semen suum. 3
A mí me parecía un crimen arrojar aquella simiente y hacerla pudrir bajo tierra. ¡Era un trigo magnífico!
¿No sería mejor —me decía para mí— molerlo y hacer con él pan o pastas?
Pero después pensé:
Quien no siembra, no recoge. Si no se arroja a la tierra la semilla y esta no se pudre ¿qué se recogerá después?
Mientras tanto vi salir de todas partes una cantidad extraordinaria de gallinas que se metían en el sembrado para comerse el trigo que los otros habían arrojado como simiente.
Y el grupo de los cantores prosiguió cantando: Venerunt aves caeli, sustulerunt frumentum et reliquerunt zizaniam. 4
Yo di una mirada a mi alrededor y observé a mis clérigos que estaban conmigo. Uno con los brazos cruzados miraba a los demás con fría indiferencia; otros charlaban con los compañeros; otros se encogían de hombros, quienes miraban al cielo, quienes se reían al contemplar aquel espectáculo, otros proseguían tranquilamente sus recreos y sus juegos, otros desempeñaban alguna de sus ocupaciones; pero ninguno hacía algo por espantar las gallinas y echarlas fuera. Yo me volví entonces a ellos muy disgustado y llamando a cada uno por su nombre, les dije:
Pero ¿qué hacen? ¿No ven que las gallinas se están comiendo todo el trigo? ¿No ven que están destruyendo toda la buena simiente, haciendo desvanecerse todas las buenas esperanzas de estos agricultores? ¿Qué recogeremos después? ¿Por qué permanecen ahí mudos? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no las espantan?
Pero los clérigos se encogían de hombros, me miraban y no decían nada.
Algunos ni se volvieron a escucharme; ni se habían fijado en el campo, ni se preocuparon de hacerlo después que yo les hube reprendido.
¡Qué necios son!, —continué—. Las gallinas tienen ya el buche lleno. ¿No pueden dar unas palmadas, así?
Y al decir esto comencé a palmotear, encontrándome verdaderamente embrollado, pues mis palabras no servían para nada. Entonces algunos comenzaron a espantar a las gallinas, pero yo me decía para mí:
¡Sí, sí! Ahora que se han comido todo el trigo van a echar a las gallinas.
Y, mientras tanto, llegó hasta mí el canto del grupo de los campesinos, cuya letra decía: Canes muti nescientes latrare. 5
Entonces me dirigí a aquel buen anciano y entre estupefacto e indignado, le dije:
¡Vamos! Deme una explicación de cuanto estoy viendo; que no entiendo nada. ¿Qué representa esa semilla arrojada a la tierra?
¡Esta sí que es buena!, —replicó el anciano—. Semen est verbum Dei. 6
¿Y qué quiere decir el hecho de que las gallinas se lo coman como acabo de ver?
El viejo, cambiando de tono de voz, prosiguió:
¡Oh! Si quiere una explicación más completa se la daré. El campo es la viña del Señor, de que nos habla el Evangelio, y puede también representar el corazón del hombre. Los agricultores son los obreros evangélicos, que siembran la palabra de Dios especialmente con la predicación. Esta palabra podría producir mucho fruto en el corazón que fuese un terreno bien preparado. Pero ¿qué sucede? Que vienen las aves del cielo y se llevan la semilla.
¿Qué representan estos animales?
¿Quiere que se lo diga? Simbolizan las murmuraciones. Después de oír una plática que podría producir su efecto, comienzan los comentarios con los compañeros. Uno ridiculizan un gesto, otro la voz, otro la palabra del predicador y he aquí que el fruto del sermón desaparece. Otro acusa al predicador de un defecto físico o intelectual; un tercero se ríe de su forma de expresión y el fruto de la plática cae por tierra. Lo mismo habría que decir de una buena lectura, cuyo bien queda obstaculizado por la murmuración. Las murmuraciones son tanto más malas en cuanto que generalmente son secretas, escondidas y viven y crecen donde menos sospechamos. El trigo, aunque caiga en un terreno no muy bien cultivado, nace, crece, alcanza una altura bastante considerable y produce fruto. Cuando sobre un campo recién sembrado se abate la tempestad, el campo queda asolado y no produce mucho fruto, pero algo produce. La mies no será muy vistosa, pero las plantas crecerán; darán poco fruto, pero alguno darán... En cambio, cuando las gallinas o los pájaros picotean la simiente, ya no hay nada que hacer: el campo no producirá ni poco ni mucho; no producirá fruto de ninguna clase. De la misma manera si las pláticas, si las exhortaciones, si los buenos propósitos son seguidos de una distracción, de una tentación, etc., darán menos fruto; en cambio, si se sigue la murmuración, el hablar mal o cosas semejantes, no se pierde algo, sino todo por completo. ¿Y a quién le corresponde palmotear, insistir, gritar, vigilar, para que estas murmuraciones, para que estas malas conversaciones no se produzcan, ¡usted lo sabe!
Pero, ¿qué es lo que hacían aquellos clérigos?, —le pregunté—. ¿Acaso no podían ellos impedir tan gran mal?
Nada impidieron —prosiguió el anciano—. Unos estaban observando como estatuas mudas; otros no se fijaban, no pensaban, no veían o estaban con los brazos cruzados; otros no tenían valor para impedir tal mal; algunos, aunque pocos, se unían a los murmuradores, tomando parte en su maledicencias y haciendo el oficio de destructores de la palabra de Dios. Tú que eres sacerdote, insiste sobre esto: predica, exhorta, habla, no tengas nunca miedo de decir demasiado; ...
Comentó luego Don Bosco:
...es una lección de la cual hemos de sacar provecho. No lo olviden, mis queridos jóvenes; eviten entre ustedes toda suerte de murmuración, considerándola como el mayor de los males; huyan de ella como se huye de la peste y no sólo procuren evitarla, sino hagan que los demás también la eviten. … No hay peor desgracia que hacer perder su eficacia a la palabra de Dios. Y a veces basta una palabra, basta una broma.
***
Afirmaba San Benito en el capítulo cuarto de su Regla que el monje debe...
...no ser soberbio, ni aficionado al vino, ni glotón, ni dormilón, ni perezoso, ni murmurador, ni detractor.
El sacerdote es un monje, o como dicen los orientales, un hieromonje. Por desgracia en los ambientes sacerdotales o religiosos, la murmuración es moneda corriente. Como el sueño de San Juan Bosco, toda murmuración corre en el más absoluto secreto. Lógico, que si dicen las cosas abiertamente y con fundamento, dando la cara como hombres, se pueden aclarar las cosas y la murmuración termina cuando empezó.
Hoy se hace correr sobre la Sra. Claudia Buchet, cualquier rumor y detracción, y es insólito que tales rumores se escuchen en cualquier lugar del país, y todo en el más absoluto secreto, y en la apatía general de los clérigos. Los murmuradores siempre son pocos, pero la mayoría mira indiferente, pues la maledicencia no les llega, y son complacientes con ella.
El murmurador, es como lo delata el sueño, una gallina. Gallina por lo cobarde, siempre es incapaz de dar la cara.
Y los rumores corren... Sobre una se dice que con las manifestaciones marianas se ha enriquecido. Personalmente, nunca la vi en su yate, ni existe una fotografía de ella nadando con un amante en Cancún con dinero destinado a los pobres; tampoco mostró un ático refaccionado con fondos de un hospital pediátrico, como se lo acusa al cardenal Bertone, quien se defiende diciendo que “treinta cardenales tienen casas mejores”. Lógicamente, con estos ejemplos, ¿qué pueden pensar los clérigos de quienes están al frente de manifestaciones marianas?
Luego de la riqueza se pasó a su mal estado de salud, sin embargo se la ve en plenas funciones... Y aquí sucede lo normal en todo rumor, se deforma al andar de boca en boca, cambiando en este caso de sujeto.
Rumores..., murmuraciones..., en fin, todas gallinas con el buche lleno de envidia.
De cualquier modo, nunca pudieron demostrar que estos gigantescos movimientos marianos en nuestro país destrozaron la ortodoxia católica, como hace en estos momentos el nefasto Bergoglio.
Tampoco han podido demostrar que estos gigantescos movimientos marianos nacen de la mentira, como nacen ciertos sacerdotes carismáticos o coribantes; tampoco pueden demostrar que estas mujeres se han enriquecido como lo han hecho algunos sacerdotes que dicen que curan y manejan sus parroquias como si fuese una empresa dentro de la industria carismática.
Estos grandes movimientos marianos han sido una siembra, con una sola sembradora, La Virgen María, quien por sí sola, ha atraído multitudes sobre su figura. No ha existido en Ella sincretismo ecuménico, ni modernismo, ni rotura con la Tradición ni bailoteo carismático o coribante. Tampoco avaló descabelladas reformas conciliares. Y esto es lo que duele. Duele que la modernidad no llene la iglesia, duele que las reformas se vean en la desolación, duele que los seminarios estén vacíos, duele que algo simple y sencillo, como el Santo Rosario, sea más eficaz que todas esa charlatanería de la inculturación, del sincretismo ecuménico y de la reforma sin fin.
Y es notoria la envidia tanto como el esfuerzo titánico que hacen para acoplar toda el agua mariana a sus propios molinos de reforma, modernidad y antropologismo; con el propósito evidente de manipulación, como han hecho en otros casos.
Murmuradores y complacientes con la detracción, ustedes están solos y en vías de extinción. La decadencia de esta iglesia moderna es notoria, y como les dice Ella en su Mensaje 103:
Ustedes están acostumbrados a destruir, pero esto no se ve y crece.
Santiago Grasso


1 LA PALABRA DE DIOS Y LA MURMURACIÓN. SUEÑO 95. AÑO DE 1876. (M. B. Tomo XII, pág.41)
2 Donato y Prisciano: Vieja gramática latina. Se originó en la Edad Media. Textos esenciales para la enseñanza del latín. En ellos se basaba la educación de los estudios lingüísticos.
3 Parábola del Sembrador: Mateo 13, 3: Salió el Sembrador a sembrar [su semilla].
4 El canto parafrasea a Mateo 13, 4: Vinieron las aves del cielo, se comieron la semilla y dejaron la cizaña.
5 Tomado de Isaías 56, 10: Perros mudos impotentes para ladrar.
6 La semilla es la Palabra de Dios.

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