Este sábado dedicado a la Sma. Virgen María, se lee en los Nocturnos de las horas monacales tradicionales, parte de su Sermón 4 de la Asunción de San Bernardo de Claraval (1090-1133), abad cisterciense.
«No hay cosa que más me deleite, y que más tema, que tener que hablar de la gloria de la Virgen María. He aquí que si alabo su virginidad, la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes, la siguen sus compañeras (Sal 44, 16).
Si predico sobre su humildad, habrá unos poco que de su Hijo hayan aprendido a ser mansos y humildes de corazón (Mt 11, 29).
Si quiero ensalzar la muchedumbre de su misericordia, otros tantos hombres y mujeres hay que son también misericordiosos.
Pero en una cosa no ha habido ni habrá semejante, en gozar de la alegría de ser madre guardando la virginidad.
Es éste privilegio de María, y a nadie más le será dado. Es un hecho único, ciertamente inexpresable por medio de palabras.
«Venid a mí todos los que me deseáis, y sed saciados de mis frutos. Porque mi espíritu es más dulce que la miel, y mi heredad más que la miel y el panal. Mi memoria es por generaciones eternas.» (Sir 24:26-28)

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