Este soneto es considerado una composición base para la mística castellana; «es la fórmula más bella, más profunda y más cristiana del amor sacro y místico que ha brotado de labios humanos, expresión genuina del genio de España.» 1
«No
me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes
prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por
eso de ofenderte.
Tú me
mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y
escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus
afrentas y tu muerte.
Muéveme,
en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo
te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me
tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no
esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.»
El soneto es una composición poética para eruditos, con catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos, todos en rima consonante. Quienes lo idearon fueron los renacentistas florentinos. La métrica fue usada en España, si bien el verso no coincidía con las costumbres castellanas.
El autor del soneto es totalmente desconocido, se hicieron miles de conjeturas sobre el mismo, pero sin ningún resultado.
Para el crítico Marcelino Menéndez Pelayo, esta poesía figura entre las cien mejores de la lírica castellana.
Análisis de su contenido
El soneto se basa en el movimiento. No estamos en el movimiento del cosmos sino en el movimiento interior de la persona. El cristiano es un ser en marcha, que sale de un punto de renacimiento con el bautismo para detenerse en el punto omega de Jesucristo, quien es el centro de gravedad de todo el cosmos, atrayendo hacia sí toda la creación para llegar al sábado final del día séptimo.
El tema del movimiento consiste en exponer la causa o el motor que alimenta la marcha interior y personal. Las causas no son externas, sino que nace del ágape, ese amor divino, que es el eje de la mística.
Comienza la primera estrofa con una accesis de movimiento: No me mueve... ni me mueve...
En el primer no-movimiento aparece la codicia del premio: el cielo que me tienes prometido, y en el segundo no-movimiento el terror al castigo final: el infierno tan temido.
La mística tiene otras causas de movimiento propio: Tú me mueves, Señor,...
Tratándose del ágape, no puede ser el fin del movimiento sino una persona, y esta persona es la impronta de la substancia del Padre (Hebr.1,3), el sellado divino.
A partir de la segunda estrofa, el verbo mover pasa a indicar el acceso místico al ser divino. Si el no-movimiento es una accesis, el movimiento es un camino que nace primero de una iluminación interior. Por dicho motivo el verbo mover se emplea cinco veces, número que simboliza la universalidad de los sentidos interiores que iluminan el alma humana. Esta iluminación está presente en el verbo ver.
A partir de la iluminación del “verte”, en el primer terceto, surge la fuente del ágape que da paso a la unión, o como la llamaron los místicos, la vía unitiva:
Muéveme, en fin, tu amor...
Este amor, es el amor de ágape del que venimos hablando.
El objetivo místico, no consiste en ver lo que no se puede ver, sino ver lo que se ha revelado:
... el verte
clavado
en una cruz y escarnecido,
... ver tu cuerpo tan herido,
...
tus afrentas y tu muerte.
El autor realiza ciertas consideraciones que se detallan de esta unión mística, de la cual pueden algunos ejecutar algunas objeciones, pero los versos dejan despejado el razonamiento del autor.
Si bien el movimiento nace con la redención del género humano, acaecido en la Pasión de Jesucristo, el autor profundiza las circunstancias de la muerte, pero concluye en el primer terceto afirmando que el ágape, es el motor de dicho caminar hacia la unión final.
En los dos versos siguientes, presenta la intensidad del movimiento, reafirmando nuevamente sus causales:
que
aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera
infierno, te temiera.
¿Pero qué sucede con la esperanza, pues al fin de cuentas, ella es una virtud que nace de la Fe? El cristiano espera que al fin de esta carrera, pueda obtener la palma del triunfo (Cfr. 1Cor. 9,24). Este premio no deja de ser motivo de movimiento, pero es imperfecto; es tan solo su inicio en la accesis. Es lo que se presenta en la estrofa final.
Por consiguiente, el centro de gravedad de toda la mística en su etapa unitiva, no es el premio o el castigo, sino Jesucristo mismo en su persona:
aunque
lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Esta composición la enseñaban los misioneros franciscanos en América. No eran las tonterías que nos obligan a escuchar hoy. Eran tiempos de mística castellana, esa que no aprendieron, ni quieren aprender los que dicen amar, pero no aman; los que dicen creer, pero dudan; los que dicen tener misericordia pero te arrojan los perros; y los que dicen enseñar, pero nunca enseñan.
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1 Místicos Franciscanos (I). BAC. Pág. 20.

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