¿Quién es ésta que surge cual la aurora, bella como la luna, refulgente como el sol, terrible como ejército ordenado en batalla?
Quae est ista, quae progreditur quasi aurora consurgens, pulchra ut luna, electa ut sol, terribilis ut castrorum acies ordinata? (Cant. 6,9)
«Oh Virgen divina... Sólo el hacer memoria de ti santifica a quien lo hace, un simple signo en tu dirección vuelve más brillante el espíritu elevándolo al instante hacia Dios; por ti la mirada de la inteligencia se vuelve clara; por ti el espíritu resplandece gracias a la venida del Espíritu divino.» 1
A Dios nadie lo ha visto jamás. (Juan 1,18a)
Es imposible conocer por los simples medios humanos la misma naturaleza de Dios. Ni Confucio, ni Buda, ni Mahoma vieron a Dios, ni supieron como era su misma naturaleza, solo enseñaron lo que su inteligencia podía llegar a vislumbrar, mientras vivían en la penumbra de sus mismas confusiones.
Por su parte los filósofos griegos intentaron razonar sobre la existencia divina y dentro de su pensamiento, de acuerdo al análisis de San Buenaventura, se abrieron dos concepciones totalmente inconciliables:
De un lado “el universo de Aristóteles, brotado de una mente que busca la razón de las cosas en las cosas mismas, desata y separa de Dios al mundo...” 2
Y por el otro lado, “el universo de Platón, de atenernos al menos a la interpretación que del mismo nos da San Agustín, coloca entre Dios y las cosas el término medio de las ideas” 3. Desde este punto de vista, “las cosas son a la vez copias y signos, sin naturaleza autónoma propia, esencialmente dependientes, relativas, y que invita a la inteligencia a buscar la razón de su ser más allá de las cosas mismas, y por encima de la misma razón” 4.
Tal como lo vemos en el fresco de Rafael Sanzio, Aristóteles posee su palma sobre la tierra, porque la filosofía de Aristóteles “había dirigido sus ojos a la tierra, y se había organizado con vistas a adueñarse de ella” 5.
Mientras que a Platón se le ve señalando con su índice el cielo. Su filosofía, “en cambio, ya originariamente era la filosofía del más allá al colocar las razones de las cosas fuera de las cosas mismas, hasta el punto de negarles a las veces hasta la subsistencia propia; era por tanto una doctrina orientada ya desde sus principios hacia lo sobrenatural, una filosofía de la insuficiencia de las cosas y del conocimiento que de ellas tenemos”6.
Por lo tanto, no se trata de considerar la luz tal como la conocemos con los sentidos, sino que debemos pensar que en sí misma adolece de subsistencia propia, si no es que Dios así lo desea.
¿Dónde encuentra la luz su razón de ser? Ella a pesar de su luminosidad, no deja de ser para Dios una sombra, tal es la suprapotencia de la Luz divina.
Y ya en el inicio del Génesis (1,3), la sombra de la luz (φως) fue creada para ser ejemplo de la Luz divina y esta 'sombra – luz' se separa de las oscuridades, siendo el ejemplo concreto que penetra en nuestros sentidos para darnos a entender lo que Dios es. Este es el ejemplarismo de San Buenaventura. Las cosas que nuestros sentidos captan, nos deben llevar a su autor, el Logos divino.
Nuestra luz será entonces un exemplar y con este término se expresa que la idea de luz es como Dios la conoce, no en cuanto nosotros la conocemos.
Demás está decir, que nuestros científicos positivistas, no saben a ciencia cierta, qué es la luz. Hoy se dice hipotéticamente, pues no se ha podido demostrar, que la luz está compuesta por ondas que golpean y rebotan en los cuerpos. Otros afirman que no son ondas sino corpúsculos; y una tercera corriente que son ambas cosas.
Éste no era lo que los antiguos pensaban de la luz. Se creía que la luz impregnaba hasta el interior de los cuerpos, de modo que los objetos estaban inmersos en la luz. De esta manera, el exemplar de la luz, indica que todos los seres están dentro de ella.
La luz (φως) es el exemplar divino y una de las expresiones ejemplares de su misma forma de ser. Se define por sí misma: La Luz es Dios; y por su opuesto: “No existe tiniebla (σκοτια) alguna” (1 Jn 1,5).
La perícopa afirma lo que es y niega no solo lo que no es, sino también lo que se le opone. Muchos conceptos sobre Dios salen para oponerse a la Luz.
Cuando escuchamos que la divinidad es una simple energía difusa en el universo, a la que es preciso asimilar de alguna forma, nos sentimos inmersos en la más tupida oscuridad.
Cuando se nos sugiere que Dios es una simple idea para explicar ciertas causas, vemos que se nos empuja hacia una mitología que solo existe en sus mentes y se adentra en el oscuro túnel del tiempo.
Cuando se niega su mera existencia, notamos una apatía primordial, que siempre adolece de sólidos fundamentos lógicos y simplemente desea cerrar los ojos para que no penetre una mínima Luz,
Dios es Luz y todo lo que no lo define coherentemente, es tiniebla, y por esta simple causa Confucio, Buda, y Mahoma, son tinieblas. Pero mucha mayor es la tiniebla, de quien propone que todos estos oscuros dioses, se comparen y representen al único Dios revelado. Si Dios es Luz, el resto pasa a ser “Tutti frutti”.
Esta Luz es naturaleza viva, tan viva, que sin esta Luz no existe nada de lo que vemos.
«Esta es la Luz … a la que deben confiar... Así es Dios,...» 7
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1 Gregorio Palamas. Homilía 37 en 11 homélies, traducción de S. BOUQUET, introducción de V. DESPREZ en Lettre de Ligugé nº 261, p. 25. 9.
2 ÉTIENNE GILSON. La Filosofía de San Buenaventura. Pág. 103.
3 Ibídem.
4 Ibídem.
5 Ibídem.
6 Ibídem.
7 Mensaje 77 del domingo 12 de marzo de 2006.


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