
La humanidad vivía y sigue viviendo en las tinieblas de la muerte, por más que salgamos a gritar tontamente que somos “Todos hermanos”, seguimos en la muerte del Tutti frutti; y seguimos en la ignorancia del ser divino, pues nadie lo pudo ver, ni percibir, ni saber algo de cómo es.
Esta es la oscuridad total de la humanidad. ¿Qué vamos a decir: Todos hermanos en la oscuridad?
Sin este conocimiento o simple luz de la razón para reconocer la existencia de la supraesencia del Dios-Padre, todo se transforma en totalmente inexplicable. Para cumplir este objetivo, de alumbrar la humanidad, el Padre, envía su unigénito (μονογενης), para que lo dé a conocer (εξηγησατο).
Cuando Dios hizo oír su voz, la Palabra se hizo entonces visible; así, de la Luz que es el Padre salió la Luz que es el Hijo, y la imagen del Señor fue como reproducida en el ser de la criatura; de esta manera, el que al principio era sólo visible para el Padre empezó a ser visible también para el mundo. (Contra Noeto. Hipólito, posiblemente el obispo de Asia Menor durante el s. III) 1
El único que puede enseñar la naturaleza divina es el mismo Dios y éste, el Hijo único (ο μονογενης) que está en el seno del Padre, él lo ha contado. (Juan 1, 18b)
La perícopa a los filipenses
Se piensa hoy, con la crítica textual, que el texto tomado de la Carta a los Filipenses en su capítulo segundo, era un salmo o himno anterior a Pablo mismo, tal vez lo cantaban en Antioquía los primeros cristianos.
En esta perícopa está resumido todo el proceso divino de entrega al hombre. Es el proceso donde la Luz inaccesible se torna accesible. Donde el inefable se torna icono. Es una síntesis con dos movimientos que produce la divinidad en la naturaleza humana, uno de kénosis, descenso de lo divino a lo humano, y otro de ascenso, desde el mundo primordial de la muerte, hacia la gloria del Padre.
El texto
El cual [Cristo], existiendo ya en forma (morphé μορφή) de Dios,
no quiso retener avaramente para sí el ser igual a Dios,
sino que se despojó (εκενωσεν) a sí mismo tomando forma de esclavo,
hecho a semejanza de los hombres y encontrándose en figura de hombre;
se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz, por lo cual Dios le ensalzó
y le agració con un nombre que está por encima de todo nombre
para que, en el nombre de Jesús,
doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en el infierno;
y toda lengua confiese
que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. (Fil., 2,6-11)
Los dos movimientos de la naturaleza humana
Dos son las acciones del primer movimiento. Una es el descenso y otra el rapto de la naturaleza humana. Es lo que el verbo griego (λαμβάνω) sugiere, es un tomar posesión (λαβων) de algo que no es suyo y no lo es ya sea por la defección de la humanidad, como porque no le es propio.
Xavier Zubiri dirá que tanto kénosis como el tomar posesión (λαβων) son dos expresiones
que han de tomarse en absoluta conjunción, y que juntas
expresan la índole de la Encarnación. (El Ser sobrenatural)
Si la naturaleza divina para raptar la naturaleza humana, sufrió una kénosis y ascenso hacia la gloria; del mismo modo, para deificar la naturaleza humana, se debe sufrir una kénosis para despojarse de la naturaleza humana enferma y de este modo asumir por la Gracia la gloria de la naturaleza divina.
Esta es la síntesis de toda esta concepción.
El vaciamiento de la naturaleza divina
San Cirilo afirmará que tomar la naturaleza humana, no fue para el Dios-Hijo un acrecentamiento, sino un vaciamiento
2.
Dada
la apostasía contemporánea de prelados y altas autoridades de la
iglesia, se hace necesario recalcar la doctrina revelada y meditada a
través de los siglos. Vivimos en un mundo que no quiere pensar, ni
quien se proclama Papa en estos momentos da imagen de ser reflexivo, de allí
surge la negación de la divinidad de Jesucristo.
No es la naturaleza la que produce la persona, sino la persona quien recibe la naturaleza. De este modo, una persona posee por su supraesencia, por su supradivinidad, por su infinitud, dos naturalezas.
El texto indica que teniendo el Hijo la naturaleza divina, asume (λαβων) otra naturaleza, la humana. Jesucristo es hombre por asumpsión y es Dios por ex-sistencia. Esta es la terminología de San Víctor, donde sistentia procede del verbo latino sisto que indica establecer o constituir; mientras el prefijo ex señala el origen de esta constitución,
No se deben mezclar las dos naturalezas de la misma persona del Hijo, caso contrario se caería en las herejías gnósticas, monofisistas o monotelistas.
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| Con la mano se indica la unidad, con los dos dedos unidos, las dos naturalezas y con la extensión de los tres dedos, la Trinidad. |
Tal como lo escribió Zubiri:
Claro está que no se trata de dejar de ser Dios, tanto
menos cuanto que el mismo texto nos dice que no quiso
guardar celosamente para sí su “ser igual a Dios”. De lo que se
trata, pues, no es de dejar de ser Dios, sino de comunicar su
divinidad a una naturaleza humana... la Encarnación no es
una mezcla o emulsión de la naturaleza divina y humana, ni la
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producción de una tercera naturaleza por el concurso de las dos
primeras. Fue el error de toda la gnosis, del maniqueísmo y del
monofisismo. (El Ser sobrenatural Pág. 450)
Por su parte Von Balthasar se enfrasca en la distancia entre la supraesencia divina y la forma de esclavo:
La himnología entiende la kénosis como renuncia a la μορφή Θεου, la forma de Dios, pero después presenta la encarnación no como la asunción de la forma humana correspondiente, sino expresamente de la μορφή δουλου, la forma de esclavo.
El descenso es abismal, desde la supradivinidad, hasta la forma más baja de la humanidad, el esclavo. Lo mismo sucede con el ascenso, de esclavo a Dios.
Pues el esclavo no tiene forma propia, sino que debe asumir en pura obediencia la forma que su amo le impone. Así, este reflejo de la gloria de Dios está en sí mismo privado de toda gloria propia; es άτιμος καί άδοξος (despreciado y sin gloria), como dice Justino 3.
El amo, es el Dios-Padre, que ordena al Dios-Hijo asumir una forma finita, por tal motivo debe abandonar la gloria divina (δόξα) para consubstanciarse con la naturaleza humana. Es un acto libre, pero sin libertad propia. La libertad de obedecer es lo que lo hace libre. Es la libertad de la no-libertad, la libertad de la obediencia realizadora. Algo incomprensible a nuestro torpe liberalismo, algo que nuestros modernistas son incapaces de entender porque tiene mutada su voluntad, la cual envía sus inteligencias a las profundas tinieblas (σκοτια) de la nada.
La grandeza de Jesús es la manifestación del libre abajamiento (kénosis) de la gloria de Dios en la no-libertad (obediencia) de la forma de esclavo. Esta no–libertad (continuamente, «no mi voluntad»: Jn 6,38) tiene que hacerse conocible en la seriedad de la cruz y, a la vez, como consecuencia del libre amor (Jn 10,18) 4.
A partir de la no-voluntad propia, de la no-libertad asumida como auténtica libertad, el Dios-Hijo asume el tiempo. Lo estático pasa a moverse, lo inmutable pasa a mutar, lo infinito pasa a tomar el icono de lo finito, sin dejar de ser estático, inmutable e infinito. He aquí el gran misterio.
Por este misterio dirá Jesucristo en el Apocalipsis:
Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. (Ap. 21,6)
Y cotejando con San Pablo (Col. 1,16), si es alfa, es que todo fue creado por Él. Si es omega, es que todo fue creado para Él. Y si en él fueron creadas todas las cosas, es porque Jesucristo es la base o el sustento de la creación, el primogénito de toda creatura (Col. 1,15).
Este principio y fin, es una transición momentánea, pues está determinado a ser incrustado en lo eterno e inmóvil.
Así para Gregorio la totalidad del ser temporal, encerrado, sabemos, por la finitud interna del tiempo, se evade aún de sí mismo por una quinta dimensión, que ella supone una elevación radical, de la parte de Dios, en lo eterno. (…)
Todo tiempo finaliza en la ascensión. Esto es una verdadera supraelevación, que arranca al ser de su propia medida. La derecha del Señor la ha supraelevado y de esclavo él devino Cristo rey, de humillado a lo más alto posible, de hombre a Dios 5.
Dice en su Sermón 20, Pedro Crisólogo: Cristo vino para hacerse cargo de nuestras debilidades, y para darnos su fuerza; para tomar lo que es humano, acordarnos lo que es divino; aceptar las ignominias, darnos los honores; soportar nuestras enfermedades, traernos salud: porque el médico que no conoce la enfermedad no sabe curarla; y quien no se enferma con el enfermo, no puede volverlo sano.
Si, por tanto, Cristo hubiera permanecido en su poder, no tendría nada en común con los hombres; y si no hubiera sufrido las condiciones de nuestra naturaleza enferma, en vano se habría revestido con nuestra carne.
Y la Luz llegó a la Humanidad
Ilumínate, ilumínate (φωτίζου) Jerusalén, porque ha llegado tu luz (φῶς). (Is.60,1)
En su Sermón 12 sobre el día de epifanía, Guerrico de Igny, dice:
Este día de las luces lo hizo luminoso para nosotros y lo santificó el que es Luz de Luz (Símbolo niceno), porque hoy el que permanecía oculto y desconocido' se dignó revelarse al mundo para iluminar a todos los pueblos...
Ciertamente había venido la luz; “estaba en el mundo y el mundo fue hecho por ella, pero el mundo no la conocía” (Jn. 1,10)...
Levantaos cuantos yacéis sentados en las tinieblas; mirad la luz que ha nacido en las tinieblas, pero que no es recibida por las tinieblas. “Acercaos a él y seréis iluminados”,(Sal. 33,6.) y en su luz veréis la luz (Cfr.Sal. 35,10.) y os dirán: «En otro tiempo fuisteis tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor».(Ef. 5,8.)
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Fuente:
http://www.servicioskoinonia.org/biblioteca/pastoral/ArguelloPadresIglesia.pdf
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