San Bernardo de Claraval (1090-1133), abad cisterciense.
Este sábado dedicado a la Sma. Virgen María, se lee en los Nocturnos de las horas monacales tradicionales, parte de uno de sus sermones:
«Alégrate, Adán, padre nuestro; y tú Eva, madre nuestra, llénate de gozo; vosotros mismos que, así como fuisteis padres de todos, así fuisteis de todos homicidas, y, lo que es mayor desgracia, primero homicidas que padres, consolaos con esta hija, y tal hija; pero alégrese Eva principalmente, pues de ella primero nació el mal, y su oprobio pasó a todas las mujeres. Porque ya está cerca el tiempo en que se quitará el oprobio, ni tendrá ya de qué quejarse contra la mujer el hombre; el cual, pretendiendo excusarse imprudentemente a sí mismo, no dudó acusarla cruelmente diciendo: La mujer que me diste me dio del fruto del árbol, y comí (Gen 3,12). Así, corre, Eva, a María, corre a tu Hija; ella responderá por ti, quitará tu oprobio, dará satisfacción a su Padre por su Madre; pues ha dispuesto Dios que, ya que el hombre no cayó sino por una mujer, tampoco sea levantado sino por una mujer. Pero, ¿qué es lo que decías, Adán? La mujer que me diste me dio del fruto del árbol, y comí (Gen 3,2). Palabras de malicia son éstas que acrecientan tu culpa en vez de borrarla. 15 Sin embargo, la sabiduría ha vencido a la malicia, pues, aunque malograste la ocasión que Dios quería darte para el perdón de tu pecado cuando te preguntaba y hacía cargo de él, ha hallado en el tesoro de su indeficiente piedad arbitrios para borrar tu culpa. Te da otra mujer por esa mujer, una prudente por esa fatua, una humilde por esa soberbia; la cual, en vez del árbol de la muerte, te dará el gusto de la vida; en vez de aquel venenoso bocado de amargura, te traerá la dulzura del fruto eterno. Por tanto, muda las palabras de la injusta acusación en alabanzas y acción de gracias a Dios, y dile: Señor, la mujer que me has dado me dio el fruto del árbol de la vida, y comí de él; y ha sido más dulce que la miel para mi boca, porque en él me has dado la vida. Mira a lo que fue enviado el ángel Gabriel a la Virgen. ¡Oh Virgen admirable y dignísima de todo honor! ¡Oh mujer singularmente venerable, admirable entre todas las mujeres, que trajo la restauración a sus padres y la vida a sus descendientes! »
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