«A la Humanidad, a mis hijos, a todos aquellos que hoy hicieron hasta lo imposible para que no estén: Yo no me tiré en la Cruz a llorar su muerte. Yo me brindé y me abrí y le di todo, porque no necesité ver para creer. Creí sin ver. » (Mensaje 110)
Sermón de San Bernardo, Abad.
Del Sermón sobre las 12 estrellas.
El martirio de la Virgen nos fue revelado por la profecía de Simeón y por la historia de la pasión del Señor.
“Este niño —dijo el santo anciano, hablando del niño Jesús— está destinado para ser el blanco de contradicción; y una espada —añadió dirigiéndose a María— traspasará tu alma”.
Sí, ¡oh bienaventurada Madre! una espada traspasó tu alma, porque sólo pasando por tu corazón, pudo atravesar la carne de tu Hijo. Y después de entregar su espíritu ese Jesús, que es tuyo, la lanza cruel no hirió su alma, atravesó ciertamente la tuya; no estaba ya allí el alma de Jesús, pero la tuya no podía apartarse de allí.
No os asombréis, hermanos, si oís decir que María fue mártir en el alma.
Sólo puede asombrarse de ello quien no recuerde haber oído a San Pablo contar entre los grandes crímenes de los gentiles el estar “faltos de afecto”.
Nada más lejos del corazón de María que este defecto; ninguno debe estar más lejos, por lo tanto, del de sus servidores.
Quizá diga alguno:
¿No sabía María que había de morir su Hijo?
Lo sabía, sin duda.
¿No esperaba su próxima resurrección?
La esperaba confiadamente.
Y a pesar de ello, ¿se afligió al ver que lo crucificaban?
Sí, profundamente.
Pero ¿quién eres tú, hermano, y de qué fuentes sacas tu ciencia, para que te asombres más de ver a María participando de los sufrimientos de su Hijo, que de ver sufrir al Hijo de María?
¿Pudo morir Él de la muerte del cuerpo, y no podía experimentar ella la del corazón?
Jesús murió por una caridad insuperable, y el martirio de María tuvo origen en esta caridad que, después de la de Jesús, no ha conocido igual.
Responsorio
R. No dejen nunca de resonar en tu corazón los gemidos de tu Madre, * Para que recibas en su plenitud la misericordia y la bendición.
V. Salve, Reina generosa, primera rosa entre los mártires, lirio entre las vírgenes.
R. Para que recibas en su plenitud la misericordia y la bendición.

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