Estas
son las lecturas leídas el 16 de septiembre:
1.
Evangelio según San Marcos (15,33-41)
La
muerte de Jesùs
Llegada
la hora sexta, hubo oscuridad sobre la tierra hasta la hora de nona.
Y a la
hora de nona gritó Jesús con fuerte voz:
– “Eloí,
Eloí, ¿lama sabachtaní?”
Que
quiere decir:
– “Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Algunos
de los presentes, oyéndole decían: Mirad, llama a Elias.
Corrió
uno, empapó una esponja en vinagre, la puso en una caña y se la dio
a beber, diciendo:
– Dejad,
veamos si viene Elias a bajarle.
Jesús,
dando una voz fuerte, expiró.
Y el
velo del templo se partió en dos partes de arriba abajo.
Viendo
el centurión, que estaba frente a El, de qué manera expiraba, dijo:
– Verdaderamente
este hombre era Hijo de Dios.
Había
también unas mujeres que de lejos le miraban, entre las cuales
estaba María Magdalena, y María la madre de Santiago el Menor y de
José, y Salomé, las cuales, cuando Él estaba en Galilea, le
seguían y le servían, y otras muchas que habían subido con Él a
Jerusalén.
2.
El libro de Tobías (6,14-19.)
Un
hijo obediente.
Tobías
dijo a Rafael:
– Hermano
Azarías, he oído decir que ella se ha casado siete veces, y que
todos sus maridos han muerto la noche misma de la boda, apenas se
acercaban a ella. También he oído decir que es un demonio el que
los mataba. Yo tengo miedo, ya que a ella no le hace ningún mal,
porque la ama, pero mata a todo el que intenta tener relaciones con
ella. Yo soy hijo único, y si muero, mi padre y mi madre bajarán a
la tumba llenos de dolor por mi causa. Y ellos no tienen otro hijo
que les dé sepultura.
El
ángel le dijo:
– ¿No
recuerdas que tu padre te recomendó casarte con una mujer de tu
familia? Escúchame bien, hermano. No te preocupes de ese demonio y
cásate con ella. Estoy seguro de que esta noche te la darán por
esposa. Pero eso sí, cuando entres en la habitación, toma una parte
del hígado y del corazón del pez, y colócalos sobre el brasero de
los perfumes. Entonces se extenderá el olor, y cuando el demonio lo
huela, huirá y nunca más aparecerá a su lado. Antes de tener
relaciones con ella, levántense primero los dos para orar y
supliquen al Señor del cielo que tenga misericordia de ustedes y los
salve. No tengas miedo, porque ella está destinada para ti desde
siempre y eres tú el que debe salvarla. Ella te seguirá, y yo
presiento que te dará hijos que serán para ti como hermanos. No te
preocupes.
Cuando
Tobías oyó decir esto a Rafael y supo que Sara era hermana suya, de
la misma descendencia que la familia de su padre, la amó
intensamente y se enamoró de ella.
3.
Salmo 35
Maldad
del pecador y bondad de Dios
El
malvado escucha en su interior * un oráculo del pecado:
"No
tengo miedo a Dios, * ni en su presencia".
Porque
se hace la ilusión de que su culpa * no será descubierta ni
aborrecida.
Las
palabras de su boca son maldad y traición, * renuncia a ser sensato
y a obrar bien;
Acostado
medita el crimen, † se obstina en el mal camino, * no rechaza la
maldad.
Señor,
tu misericordia llega al cielo, * tu fidelidad hasta las nubes;
Tu
justicia hasta las altas cordilleras, * tus sentencias son como el
océano inmenso.
Tú
socorres a hombres y animales; † ¡qué inapreciable es tu
misericordia, oh Dios!, * los humanos se acogen a la sombra de tus
alas.
Se
nutren de lo sabroso de tu casa, * les das a beber del torrente de
tus delicias,
Porque
en ti está la fuente viva, * y tu luz nos hace ver la luz.
Prolonga
tu misericordia con los que te reconocen, * tu justicia con los
rectos de corazón;
Que no
me pisotee el pie del soberbio, * que no me eche fuera la mano del
malvado.
Han
fracasado los malhechores; * derribados, no se pueden levantar.
4.
El profeta Jeremías (32, 26-35)
Respuesta
de Dios a Jeremías
Entonces
respondió el Señor a Jeremías, diciendo:
Mira,
yo soy el Señor Dios de todos los mortales: ¿Habrá por ventura
cosa ninguna difícil para mí?
Por
tanto, esto dice el Señor:
Sábete
que yo voy a entregar esta ciudad en manos de los caldeos y en poder
del rey de Babilonia, y la rendirán.
Y
entrarán los caldeos con espada en mano en esta ciudad, y le pegarán
fuego, y la quemarán con las casas en cuyos terrados se ofrecían
sacrificios a Baal y libaciones a dioses ajenos para irritarme.
Porque
ya desde su mocedad los hijos de Israel y los hijos de Judá están
continuamente obrando mal delante de mis ojos; los hijos de Israel,
digo, que hasta ahora no hacen sino exasperarme con las obras de sus
manos, dice el Señor.
De
suerte que esta ciudad se ha hecho para mí objeto de furor y de la
indignación mía, desde el día en que fue edificada hasta el día
presente, en que será borrada de delante de mis ojos.
Por la
maldad de los hijos de Israel y de los hijos de Judá, cometida
cuando me provocaron a ira ellos, y sus reyes, y sus príncipes, y
sus sacerdotes, y sus profetas, los varones de Judá y los habitantes
de Jerusalén; y volvieron hacia mí sus espaldas y no su cara,
cuando yo desde la mañana los instruía y los avisaba, no queriendo
ellos escuchar ni recibir la corrección; y antes bien colocaron sus
ídolos en la casa en que se invoca mi santo Nombre, a fin de
profanarla; y erigieron altares a Baal en el valle del hijo de Ennom
para consagrar o sacrificar sus hijos y sus hijas al ídolo Moloc,
cosa que yo jamás les mandé para mí, ni me pasó por el
pensamiento que ellos hicieran tal abominación, e indujesen a Judá
a tan abominable pecado.
5.
El profeta Damiel (2, 8-23)
El rey
respondió diciendo:
– Veo
claro que ponéis dilaciones, porque veis que la cosa se me ha ido.
Si no me decís el sueño, caerá sobre todos vosotros la misma
sentencia. De cierto que pretendéis prepararos para decirme
falsedades y mentiras mientras pasa el tiempo. Decid, pues, el sueño
y conoceré que sois capaces de darme su interpretación.
Los
caldeos respondieron al rey, diciéndole:
– No
hay hombre sobre la tierra que pueda decir lo que el rey pretende;
jamás tampoco rey alguno, por grande y poderoso que fuese, exigió
cosa semejante de mago, astrólogo o caldeo. Lo que pide el rey es
imposible, y no hay nadie que al rey pueda decírselo, a no ser los
dioses, que no moran entre los hombres.
El
rey, con ira y gran furor, mandó matar a todos los sabios de
Babilonia. Publicóse la orden, y ya iban a ser llevados a la muerte
los sabios, y buscaban también a Daniel y a sus compañeros para
matarlos.
Habló
entonces Daniel avisada y prudentemente a Arioj, capitán de la
guardia del rey, que había salido para matar a los sabios de
Babilonia. Habló y dijo a Arioj, capitán del rey:
– ¿Por
qué esta orden del rey tan rigurosa?
Entonces
explicó Arioj la cosa a Daniel, y Daniel, entrando al rey, le pidió
que le diese tiempo y daría al rey la declaración.
Fue
luego Daniel a su casa y comunicó el asunto a Ananías, Misael y
Azarías, sus compañeros, instándoles a pedir al Dios de los cielos
que les revelase aquel misterio para que no hiciese perecer a Daniel
y a sus compañeros con el resto de los sabios de Babilonia.
Entonces
el misterio fue revelado a Daniel en visión nocturna, por lo cual
Daniel bendijo al Dios de los cielos, diciendo:
– Bendito
sea el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suya es la
sabiduría y la fuerza. Él es quien ordena los tiempos y las
circunstancias, depone reyes y los entroniza, da la sabiduría a los
sabios, y la ciencia a los entendidos. Él revela lo profundo y lo
oculto, conoce lo que está en tinieblas, y con Él mora la luz. A
ti, Dios de mis padres, te confieso y te alabo, que me has dado
sabiduría y fortaleza, y me has dado a conocer lo que te hemos
pedido, y nos has revelado el secreto del rey.
6
Evangelio según San Juan (14, 1-31)
No se
turbe vuestro corazón. Pues creéis en Dios, creed también en mí.
En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; que si no fuese así,
os lo hubiera yo dicho. Yo voy a preparar lugar para vosotros. Y
cuando haya ido, y os haya preparado lugar, vendré otra vez, y os
llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros.
Que ya sabéis adónde voy, y sabéis asimismo el camino.
Le
dijo Tomás:
– Señor,
no sabemos adónde vas; pues ¿cómo podemos saber el camino?
Le
respondió Jesús
– Yo
soy el camino, la verdad, y la vida: Nadie viene al Padre sino por
mí. Si me hubieses conocido a mí, hubierais sin duda conocido
también a mi Padre; pero le conoceréis, y ya le habéis visto en
cierto modo.
Le
dijo Felipe:
– Señor,
muéstranos al Padre, y eso nos basta.
Jesús
le responde:
– Tanto
tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis conocido?
Felipe, quien me ve a mí, ve también al Padre. ¿Pues cómo dices
tú: Muéstranos al Padre? ¿No creéis que yo estoy en el Padre y
que el Padre está en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo
de mí mismo. El Padre que está en mí, él mismo hace conmigo las
obras que yo hago. ¿Cómo no creéis que yo estoy en el Padre, y que
el Padre está en mí? Creedlo al menos por las obras que yo hago. En
verdad, en verdad os digo, que quien cree en mí, ése hará también
las obras que yo hago, y las hará todavía mayores; por cuanto yo me
voy al Padre. Y cuando pidiereis al Padre en mi nombre, yo lo haré,
a fin de que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis
en mi nombre, yo lo haré. Si me amáis, observad mis mandamientos. Y
yo rogaré al Padre, y os dará otro consuelo y abogado, para que
esté con vosotros eternamente, a saber, el Espíritu de verdad, a
quien el mundo, o el hombre mundano, no puede recibir, porque no le
ve, ni le conoce; pero vosotros le conoceréis, porque morará con
vosotros, y estará dentro de vosotros. No os dejaré huérfanos: yo
volveré a vosotros. Aún resta un poco de tiempo; después del cual
el mundo ya no me verá. Pero vosotros me veréis, porque yo vivo, y
vosotros viviréis. Entonces conoceréis vosotros que yo estoy en mi
Padre, y que vosotros estáis en mí, y yo en vosotros. Quien ha
recibido mis mandamientos, y los observa, ése es el que me ama. Y el
que me ama, será amado de mi Padre; y yo le amaré, y yo mismo me
manifestaré a él.
Le
dijo Judas, no el Iscariote:
– Señor,
¿qué causa hay para que te hayas de manifestar claramente a
nosotros, y no al mundo?
Jesús
le respondió así:
– Cualquiera
que me ama, observará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos
a él, y haremos mansión dentro de él. Pero el que no me ama, no
practica mi palabra. Y la palabra que habéis oído, no es solamente
mía, sino del Padre, que me ha enviado. Estas cosas os he dicho,
conversando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, que
mi Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará
cuantas cosas os tengo dichas.
La paz
os dejo, la paz mía os doy; no os la doy yo, como la da el mundo. No
se turbe vuestro corazón, ni se acobarde. Habéis oído que os he
dicho: Me voy, y vuelvo a vosotros. Si me amaseis, os alegraríais
sin duda de que voy al Padre; porque el Padre es mayor que yo. Yo os
lo digo ahora antes que suceda, a fin de que cuando sucediere, os
confirméis en la fe. Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene
el príncipe de este mundo, aunque no hay en mí cosa que le
pertenezca. Mas para que conozca el mundo que yo amo al Padre, y que
cumplo con lo que me ha mandado, levantaos, y vamos de aquí.
7.
Salmo 79.
Oh
Dios, manifiéstate.
Pastor
de Israel, escucha, * tú que guías a José como a un rebaño;
Tú
que te sientas sobre querubines, resplandece * ante Efraín, Benjamín
y Manasés;
Despierta
tu poder * y ven a salvarnos.
Oh
Dios, restáuranos, * que brille tu rostro y nos salve.
Señor,
Dios de los ejércitos, † ¿hasta cuando estarás airado * mientras
tu pueblo te suplica?
Les
diste a comer llanto, * a beber lágrimas a tragos;
Nos
entregaste a las contiendas de nuestros vecinos, * nuestros enemigos
se burlan de nosotros.
Dios
de los ejércitos, restáuranos, * que brille tu rostro y nos salve.
Sacaste
una vid de Egipto, * expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste;
Le
preparaste el terreno, y echó raíces * hasta llenar el país;
Su
sombra cubría las montañas, * y sus pámpanos, los cedros
altísimos;
Extendió
sus sarmientos hasta el mar, * y sus brotes hasta el Gran Río.
¿Por
qué has derribado su cerca * para que la saqueen los viandantes,
La
pisoteen los jabalíes * y se la coman las alimañas?
Dios
de los ejércitos, vuélvete: * mira desde el cielo, fíjate,
Ven a
visitar tu viña, † la cepa que tu diestra plantó * y que tú
hiciste vigorosa.
La han
talado y le han prendido fuego; * con un bramido hazlos perecer.
Que tu
mano proteja a tu escogido, * al hombre que tú fortaleciste.
No nos
alejaremos de ti: * danos vida, para que invoquemos tu nombre.
Señor,
Dios de los ejércitos, restáuranos, * que brille tu rostro y nos
salve.
8.
El profeta Isaías (54)
Restauración
de Sión.
Regocíjate,
pues, ¡oh estéril!, tú que no pares; canta himnos de alabanza y de
júbilo tú que no eres fecunda, porque ya son muchos más los hijos
de la que había sido desechada, que los de aquella que tenía
marido, dice el Señor. Toma un sitio más espacioso para tus
tiendas, y extiende cuanto puedas las pieles de tus pabellones,
alarga tus cuerdas, y afianza más tus estacas. Porque tú te
extenderás a la derecha y a la izquierda; y tu prole señoreará las
naciones, poblará las ciudades ahora desiertas.
No
temas, no quedarás confundida, ni sonrojada, ni tendrás de qué
avergonzarte; porque ni memoria conservarás de la confusión de tu
mocedad, ni te acordarás más del oprobio de tu viudez. Pues será
tu dueño y esposo aquel Señor que te ha creado, cuyo nombre es el
Señor de los ejércitos; y tu redentor, el Santo de Israel, será
llamado el Dios de toda la tierra.
Porque
el Señor te ha llamado a sí cuando eras como una mujer desechada, y
angustiada de espíritu, como una mujer que ha sido repudiada desde
su tierna edad, dice tu Dios. En efecto, por un momento, por poco
tiempo te desamparé, dice el Señor; mas ahora yo te reuniré a mí,
usando de gran misericordia. En el momento de mi indignación aparté
de ti mi rostro por un poco; pero en seguida me he compadecido de ti
con eterna misericordia, dice el Señor que te ha redimido. Hago lo
que en los días de Noé, a quien juré que no derramaría más sobre
la tierra las aguas del diluvio, así yo juro no enojarme contigo ni
vituperarte más. Aun cuando los montes sean conmovidos, y se
estremezcan los collados, mi misericordia no se apartará de ti, y
será firme la alianza de paz que he hecho contigo, dice el Señor,
compadecido de ti.
Pobrecilla,
combatida tanto tiempo de la tempestad, privada de todo consuelo.
Mira, yo mismo colocaré por orden las piedras, y te edificaré sobre
zafiros, y haré de jaspe tus baluartes, y de piedras de relieve tus
puertas, y de piedras preciosas todos tus recintos. Tus hijos todos
serán adoctrinados por el mismo Señor, y gozarán abundancia de
paz, o completa prosperidad. Y tendrás por cimientos la justicia;
estarás segura de la opresión, y no tendrás que temerla; y del
espanto, el cual no tendrá lugar en ti.
He
aquí que vendrá el forastero que no estaba conmigo; se unirá
contigo aquel que en otro tiempo era para ti extranjero. Sábete que
yo he creado el herrero que soplando con los fuelles enciende los
carbones para formar un instrumento para la obra suya, y yo creé
también al matador que lo emplea después para matar a los hombres.
Ningún instrumento preparado contra ti te hará daño; y tú
condenarás toda lengua que se presente en juicio contra ti. Esta es
la herencia de los siervos del Señor, y ésta es la justicia que
deben esperar de mí, dice el Señor.
9.
Evangelio según San Lucas (24, 36,43)
Jesús
aparece a los apóstoles
Mientras
estaban hablando de estas cosas, se presentó Jesús en medio de
ellos, y les dijo:
– La
paz sea con vosotros: Soy yo, no temáis.
Ellos,
atónitos, y atemorizados, se imaginaban ver a algún espíritu. Y
Jesús les dijo:
– ¿De
qué os asustáis y por qué dais lugar en vuestro corazón a tales
pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, yo mismo soy, palpad, y
considerad que un espíritu no tiene carne, ni huesos, como vosotros
veis que yo tengo.
Dicho
esto, les mostró las manos y los pies. Mas como ellos aún no lo
acabasen de creer, estando como estaban fuera de sí de gozo y de
admiración, les dijo:
– ¿Tenéis
aquí algo de comer?
Ellos
le presentaron un pedazo de pez asado y un panal de miel. Comido que
hubo delante de ellos, tomando las sobras se las dio.
10.
Evangelio según San Juan (9, 1-41)
Jesús
sana a un ciego de nacimiento.
Al
pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento Y sus díscipulos le
preguntaron:
– Maestro,
¿qué pecados son la causa de que éste haya nacido ciego, los
suyos, o los de sus padres?
Respondió
Jesús No es por culpa de éste, ni de sus padres; sino para que las
obras de Dios resplandezcan en él. Conviene que yo haga las obras de
aquel que me ha enviado, mientras dura el día, viene la noche,
cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, yo soy la
luz del mundo.
Así
que hubo dicho esto, escupió en tierra, y formó lodo con la saliva,
y lo aplicó sobre los ojos del ciego, y le dijo: Anda, y lávate en
la piscina de Siloé (palabra que significa el Enviado). Se fue,
pues, y se lavó allí, y volvió con vista.
Por lo
cual los vecinos, y los que antes le habían visto pedir limosna,
decían:
– ¿No
es éste aquel que sentado allá, pedía limosna?
– Este
es, – respondían algunos. Y otros decían:
– No
es él, sino alguno que se le parece.
Pero
él decía:
– Sí,
que soy yo.
Le
preguntaban, pues:
– ¿Cómo
se te han abierto los ojos?
Respondió:
– Aquel
hombre que se llama Jesús, hizo un poquito de lodo, y lo aplicó a
mis ojos, y me dijo: Ve a la piscina de Siloé, y lávate allí. Yo
fui, me lavé, y veo.
Le
preguntaron:
– ¿Dónde
está ése?
Respondió:
– No
lo sé.
Llevaron,
pues a los fariseos al que antes estaba ciego. Es de advertir que
cuando Jesús formó el lodo y le abrió los ojos era día de sábado.
Nuevamente, pues, los fariseos le preguntaban también cómo había
logrado la vista. El les respondió:
– Puso
lodo sobre mis ojos, me lavé, y veo.
Sobre
lo que decían algunos de los fariseos:
– No
es enviado de Dios este hombre, pues no guarda el sábado.
Otros,
decían:
– ¿Cómo
un hombre pecador puede hacer tales milagros?
Y
había desacuerdo entre ellos. Dicen, pues, otra vez al ciego:
– Y
tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
Respondió:
– Que
es un profeta.
Pero
por lo mismo no creyeron los judíos que hubiese sido ciego, y
recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres; y les
preguntaron:
– ¿Es
éste vuestro hijo, de quien vosotros decís que nació ciego? Pues
¿cómo ve ahora?
Sus
padres les respondieron, diciendo:
– Sabemos
que éste es hijo nuestro, y que nació ciego; pero cómo ahora ve,
no lo sabemos; ni tampoco sabemos quién le ha abierto los ojos;
preguntádselo a él, edad tiene, él dara razón de sí.
Esto
dijeron sus padres por temor de los judíos; porque ya éstos habían
decretado echar de la sinagoga a cualquiera que reconociese a Jesús
por el Cristo, o Mesías. Llamaron, pues, otra vez al hombre que
había sido ciego, y le dijeron:
– Da
gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
Mas él
les respondió:
– Si
es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo antes era ciego, y ahora
veo.
Le
replicaron:
– ¿Qué
hizo él contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?
Les
respondió:
– Os
lo he dicho ya, y lo habéis oído, ¿a qué fin queréis oírlo de
nuevo? ¿Acaso será que también vosotros queréis haceros
discípulos suyos?
Entonces
le llenaron de maldiciones, y por fin le dijeron:
– Tú
seas su discípulo, que nosotros somos discípulos de Moisés.
Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; mas éste no sabemos
de dónde es.
Respondió
aquel hombre, y les dijo:
– Aquí
está la maravilla, que vosotros no sabéis de dónde es éste, y con
todo ha abierto mis ojos, lo que sabemos es que Dios no oye a los
pecadores; sino que aquel que honra a Dios y hace su voluntad, éste
es a quien Dios oye. Desde que el mundo es mundo no se ha oído jamás
que alguno haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si este
hombre no fuese enviado de Dios, no podría hacer nada de lo que
hace.
Le
dijeron en respuesta:
– Saliste
del vientre de tu madre envuelto en pecado, ¿y tú nos das
lecciones? – Y le arrojaron fuera.
Oyó
Jesús que le habían echado fuera; y encontrándose con él, le
dijo:
– ¿Crees
tú en el Hijo de Dios?
Respondió
él y dijo:
– ¿Quién
es, Señor, para que yo crea en él?
Le
dijo Jesús
– Le
viste ya, y es el mismo que está hablando contigo.
Entonces
dijo él:
– Creo,
Señor.
Y
postrándose a sus pies, le adoró.
Y
añadió Jesús
– Yo
vine a este mundo a ejercer un justo juicio, para que los que no ven,
vean, y los que ven queden ciegos.
Oyeron
esto algunos de los fariseos, que estaban con él, y le dijeron:
– Pues,
¿nosotros somos también ciegos?
Les
respondió Jesús
– Si
fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero por lo mismo que decís:
Nosotros vemos, y os juzgáis muy instruidos, por eso vuestro pecado
persevera en vosotros.
11.
Salmo 4.
Escúchame
cuando te invoco, Dios, defensor mío; † Tú que en el aprieto me
diste anchura, * ten piedad de mí y escucha mi oración.
Y
vosotros, ¿hasta cuando ultrajaréis mi honor, * amaréis la
falsedad y buscaréis el engaño?
Sabedlo:
el Señor hizo milagros en mi favor, * y el Señor me escuchará
cuando lo invoque.
Temblad
y no pequéis, reflexionad * en el silencio de vuestro lecho;
Ofreced
sacrificios legítimos * y confiad en el Señor.
Hay
muchos que dicen: † "¿Quién nos hará ver la dicha, * si la
luz de tu rostro ha huido de nosotros?"
Pero
Tú, Señor, has puesto en mi corazón † más alegría * que si
abundara en trigo y en vino.
En paz
me acuesto y enseguida me duermo, * porque Tú solo, Señor, me haces
vivir tranquilo.
12.
Salmo 81.
Dios
se levanta en la asamblea divina; * rodeado de ángeles, juzga:
«¿Hasta
cuándo daréis sentencia injusta, * poniéndoos de parte del
culpable?
Protejan
al desvalido y al huérfano, * hagan justicia al humilde y al
necesitado,
Defiendan
al pobre y al indigente, * sacándolos de las manos del culpable.»
Ellos,
ignorantes e insensatos, caminan a oscuras, * mientras vacilan los
cimientos del orbe.
Yo
declaro: «Aunque seáis dioses, * e hijos del Altísimo todos,
Moriréis
como cualquier hombre, * caeréis, príncipes, como uno de tantos.»
Levántate,
oh Dios, y juzga la tierra, * porque tú eres el dueño de todos los
pueblos.
13.
Evangelio según San Lucas (8,19-21)
Entretanto
vinieron a encontrarle su madre y primos hermanos, y no pudiendo
acercarse a él a causa del gentío, se lo avisaron, diciéndole:
– Tu
madre y tus hermanos están allá fuera que te quieren ver.
Pero
él les dio esta respuesta:
– Mi
madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y
la practican.
14.
Libro del Eclesiastés (3)
Todas
las cosas tienen su tiempo, y todo lo que hay debajo del cielo pasa
en el término que se le ha prescrito.
Hay
tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de
arrancar lo que se plantó.
Tiempo
de dar muerte y tiempo de dar vida; tiempo de derribar y tiempo de
edificar.
Tiempo
de llorar y tiempo de reír; tiempo de luto y tiempo de gala.
Tiempo
de esparcir piedras y tiempo de recogerlas; tiempo de abrazar y
tiempo de alejarse de los abrazos.
Tiempo
de ganar tiempo y tiempo de perder; tiempo de conservar y tiempo de
arrojar.
Tiempo
de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar.
Tiempo
de amor y tiempo de odio; tiempo de guerra y tiempo de paz.
Y al
cabo, ¿qué fruto saca el hombre de su trabajo? 10 He visto la pena
que ha dado Dios a los hijos de los hombres para su tormento.
Todas
las cosas que hizo Dios son buenas, usadas a su tiempo; y el Señor
entregó al mundo a las vanas disputas de los hombres; de suerte que
ninguno de ellos puede entender perfectamente las obras que Dios creó
desde el principio hasta el fin.
Y así
que he conocido que lo mejor de todo es estar alegre, y hacer buenas
obras mientras vivimos. Porque cualquier hombre que come y bebe,
gozando del fruto de sus fatigas, de Dios recibe este don.
He
visto que todas las cosas que ha creado Dios, duran perpetuamente; ni
podemos añadir ni quitar nada de lo que Dios hizo para ser temido y
adorado. Lo que fue hecho, eso mismo permanece; lo que ha de ser ya
fue, porque Dios renueva lo que pasó.
He
visto debajo del sol, o en este mundo, la impiedad en el lugar del
juicio, y la iniquidad en el puesto de la justicia; y he dicho luego
en mi corazón: Dios ha de juzgar algún día al justo y al impío; y
entonces será el tiempo de ordenar todas las cosas.
Dije
también en mi corazón acerca de los hijos de los hombres, que Dios
los probaba y humillaba su orgullo, con hacer ver que son parecidos a
las bestias.
Porque
muere el hombre a semejanza de las bestias, y en tener que morir son
ambos de igual condición; pues como el hombre muere, así mueren
ellas; todos respiran de la misma manera; y el hombre, después del
pecado, no tiene ninguna exención sobre las bestias; todo está
sujeto a la vanidad del sepulcro, y todo va a parar a un mismo lugar;
de la tierra fueron hechas todas estas cosas, y en tierra igualmente
o polvo vuelven a parar. ¿Quién ha visto si el alma de los hijos de
Adán sube hacia las alturas, y si el alma de los brutos cae hacia
las profundidades?
Entiendo,
pues, que no hay cosa mejor para el hombre que atender con alegría a
sus ocupaciones, y que ésta es su suerte mientras vive. Porque
¿quién podrá ponerlo en estado de conocer lo que ha de acontecer
después de sus días?
15.
El profeta Daniel (12, 1-4)
Los
que duermen despertarán para la vida eterna.
Y en
aquel tiempo se levantará Miguel, príncipe grande, que es el
defensor de los hijos de tu pueblo; porque vendrá un tiempo tal,
cual nunca se ha visto desde que comenzaron a existir las naciones
hasta aquel día. Y en aquel tiempo tu pueblo será salvado; lo será
todo aquel que se hallare escrito en el libro. Y la muchedumbre de
aquellos que duermen o descansan en el polvo de la tierra,
despertará; unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, la
cual tendrán siempre delante de sí. Mas los que hubieren sido
sabios brillarán como la luz del firmamento; y como estrellas por
toda la eternidad aquellos que hubieren enseñado a muchos la
justicia o la virtud.
Pero
tú, ¡oh Daniel!, ten guardadas estas palabras, y sella el libro
hasta el tiempo determinado, muchos lo recorrerán y sacarán de él
mucha doctrina.
16.
Evangelio según San Juan (2, 13-24)
Jesús
purifica el Templo.
Estaba
ya cerca la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Y
encontrando en el templo gentes que vendían bueyes, y ovejas, y
palomas, y cambistas sentados en sus mesas, habiendo formado de
cuerdas como un azote, los echó a todos del templo, con las ovejas y
bueyes, y derramó por el suelo el dinero de los cambistas,
derribando las mesas. Y hasta a los que vendían palomas, les dijo:
– Quitad
eso de aquí, y no queráis hacer de la casa de mi Padre una casa de
tráfico.
Entonces
se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me
tiene consumido.
Pero
los judíos se dirigieron a él, y le preguntaron:
– ¿Qué
señal nos das de tu autoridad para hacer estas cosas?
Les
respondió Jesús
– Destruid
este templo, y yo en tres días lo reedificaré.
Los
judíos le dijeron:
– Cuarenta
y seis años se han gastado en la reedificación de este templo, y tú
lo has de levantar en tres días?
Mas él
les hablaba del templo de su cuerpo. Así, cuando hubo resucitado de
entre los muertos, sus discípulos hicieron memoria de que lo dijo
por esto, y creyeron, con más viva fe, a la Escritura y a las
palabras de Jesús.
En el
tiempo, pues, que estuvo en Jerusalén con motivo de la fiesta de la
Pascua, creyeron muchos en su nombre, viendo los milagros que hacía.
Verdad es que Jesús no se fiaba de ello, porque los conocía bien a
todos, y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca de hombre
alguno, porque sabía él mismo lo que hay dentro de cada hombre.

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